Durante décadas, la lógica predominante en América del Sur parecía inalterable: Brasil era el gigante económico de la región y Paraguay observaba desde atrás, intentando encontrar su lugar en un mercado dominado por su poderoso vecino. Sin embargo, en los últimos años esa dinámica comenzó a mostrar señales de cambio que llaman la atención de analistas, empresarios e inversionistas.
Mientras en Brasil continúan los debates sobre nuevos impuestos, una mayor intervención estatal, regulaciones más complejas y discusiones ideológicas que muchas veces terminan alejadas de las necesidades concretas de la economía, Paraguay ha optado por una estrategia diferente: estabilidad macroeconómica, reglas relativamente previsibles y una fuerte apuesta a la atracción de inversiones.
Los números pueden ser discutidos desde distintas metodologías y perspectivas. Lo que resulta más difícil de cuestionar es la dirección que han seguido ambas economías.
En los últimos 14 años, Paraguay registró un crecimiento acumulado cercano al 61%, impulsado por sectores como el agronegocio, la industria maquiladora, la construcción, la logística y los servicios. Durante ese mismo período, Brasil atravesó años de estancamiento, crisis políticas, recesiones económicas y dificultades estructurales que terminaron afectando su desempeño general.
La diferencia no radica únicamente en el tamaño de ambas economías. También refleja modelos distintos para enfrentar los desafíos del desarrollo. Paraguay ha construido una reputación regional basada en una presión tributaria adecuada, costos competitivos para la producción y un entorno que, con todas sus limitaciones, continúa siendo atractivo para empresas que buscan expandirse en Sudamérica.
Ese escenario ha permitido la llegada de nuevas industrias, centros de distribución y proyectos de inversión que generan empleo y dinamizan las economías locales. Cada vez más compañías observan a Paraguay como una plataforma estratégica para producir y exportar al resto de la región.
En contraste, numerosos sectores empresariales brasileños advierten desde hace años sobre el peso de la burocracia, la complejidad tributaria y los elevados costos regulatorios que enfrentan quienes desean invertir o expandir sus operaciones dentro del país.
Por supuesto, Paraguay todavía enfrenta desafíos importantes. La infraestructura, la educación, la salud pública y la reducción de la informalidad continúan siendo tareas pendientes. Sin embargo, el país parece haber comprendido una lección fundamental: el crecimiento económico no surge de decretos ni de discursos políticos, sino de generar condiciones para que las personas produzcan, inviertan y creen riqueza.
La comparación con Brasil no pretende desconocer la enorme dimensión económica de nuestro vecino ni minimizar sus fortalezas. Pero sí invita a reflexionar sobre una realidad cada vez más visible: mientras algunos países siguen discutiendo cómo repartir una riqueza que no crece, Paraguay está concentrando sus esfuerzos en crear más riqueza.
Y cuando se trata de desarrollo económico, la velocidad importa. Más aún en un mundo donde las inversiones, el capital y el talento se trasladan cada vez más rápido hacia aquellos lugares donde encuentran mejores oportunidades.





