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Libertarios y conservadores contra la izquierda: la coalición necesaria

Si partimos de la consideración de que la izquierda propone más Estado y la derecha exige menos estado, entonces, nos encontramos con que, en estos tiempos donde avanza el fenómeno político del Estado Omnipresente por todo el hemisferio occidental, los libertarios y los conservadores estarían en el mismo lado de la trinchera de la batalla cultural y política. Asistimos al cumplimiento, casi legendario, de un pronóstico realizado hace casi ciento cincuenta años por el pensador liberal Herbert Spencer, en su clásico “El hombre contra el Estado” (1884):

“Si la tendencia actual [de restricciones estatales ejercidas contra las personas por el Socialismo] continúa, puede eventualmente suceder que los conservadores serán defensores de las libertades a lado de los [libertarios] en la búsqueda del bienestar popular”.

Agregué de manera deliberada “libertarios”, en vez de la palabra “liberales” en la cita de Spencer porque hasta el mismo intelectual inglés ya advertía la alarmante tendencia de los partidos liberales europeos de acoger a la izquierda más estatista en sus filas y promover agendas intervencionistas. En ese sentido, suelo observar que, cuando la izquierda se infiltra en los círculos liberales no suele ser infrecuente que los verdaderos liberales, los libertarios, que buscan limitar al Estado no agigantarlo, se refugien en los partidos conservadores. Spencer en 1884 se lamenta sobre la “confusión en que ha caído el liberalismo”, lamento que es la antesala de la deriva de aquel “liberalismo” del Democratic Party estadounidense, cada vez más izquierdista o del mismo Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) paraguayo, fundado en 1887, cada vez más zurdo y progresista:

“En el pasado, el liberalismo representaba la libertad individual contra el Estado coercitivo. Y ahora surge esta pregunta ¿cómo es que los liberales han perdido de vista todo esto? ¿Cómo es que el liberalismo, incrementando su poder cada día, ha llegado a ser cada día más coercitivo en su legislación?”

Los hechos demuestran que hoy el copamiento es total y que la izquierda estatista, socialista e intervencionista ha anegado, no solamente los cenáculos liberales, sino los espacios otrora conservadores como las iglesias y se ha infiltrado en los medios de comunicación, las universidades, las escuelas y las empresas. Al respecto, sobra decir que los verdaderos liberales, los libertarios, y los conservadores, han visto sus anhelos políticos pulverizados por el avance de un Estado cada vez más depredador animado por “el fantasma” del socialismo. Las comunidades y familias fuertes, desiderata del conservador promedio, están siendo absorbidas en sus ámbitos por un Estado cada vez más interventor de los espacios íntimos y educativos, y por la inserción, violenta, de los tentáculos políticos clientelares en las redes orgánicas comunitarias. Los libertarios han asistido al deterioro de los derechos de propiedad, constantemente amenazados por las confiscaciones fiscales de Estados cada vez más grandes y costosos. En el decir del politólogo argentino Agustín Laje, en su libro “La batalla cultural: reflexiones críticas para una nueva derecha”, todo lo anterior constituye una oportunidad para que libertarios y conservadores, se percaten de sus puntos en común, y jueguen en el mismo equipo este partido crucial contra las izquierdas estatistas:

“El Estado va a ir haciéndose con el poder para muchas otras cosas, y dado que puede querer ir más allá, por ejemplo, pretendiendo igualdad económica, y poner así en peligro las libertades individuales de orden liberal, el liberalismo se levanta a continuación como una filosofía que procura limitar al Leviatán. Es precisamente cuando el liberalismo puede convertirse en una expresión de derechas […] En sus intentos por salvar la esfera privada, ciertas expresiones del liberalismo, pueden, según el contexto, incluso tornarse conservadoras”.

Es verdad que el libertarismo es una filosofía política minimalista que responde a  la pregunta de cómo vivir sin agredirnos mutuamente, mientras que el fin último del conservadurismo, de acuerdo a la definición de Juan Ramón Rallo, es cómo alcanzar una vida buena; sin embargo, mientras que el conservadurismo sea lo que siempre ha sido, una doctrina filosófica preocupada por preservar el orden civilizatorio, y mientras ese orden civilizatorio esté fundado en la libertad personal, la propiedad privada y el respeto de los contratos libres, libertarios y conservadores siempre tendrán un espacio político común que defender frente a una izquierda carnívora que promueve un Estado parasitario, que reduce la libertad de los individuos, atropella el ámbito íntimo de las familias y debilita a las comunidades haciéndolas dependientes de lo peor de la política: las dádivas del clientelismo, los subsidios y el asistencialismo.

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