Un 2 de septiembre de 1997, hace 29 años, fallecía de un fallo cardíaco, a la longeva edad de 92 años, Viktor Emil Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco. Durante la Segunda Guerra Mundial Frankl fue apresado debido a su origen judío y junto con su esposa y padres fueron llevados a campos de concentración, para luego ser separados cruelmente por el ejército nazi.
Frankl sobrevive a terribles y trágicas experiencias en cuatro «lagers» o campos de concentración, entre ellos Auschwitz y Dachau. Al salir milagrosamente con vida descubre que toda su familia pereció, inclusive su esposa. Sacando esperanza de la desolación escribe el libro que le daría fama mundial «Un psicólogo en un campo de concentración», libro que posteriormente se llamaría “El hombre en busca de sentido”. Allí expone la vida en el lager y su análisis psico-filosófico de la existencia humana en condiciones límites, al borde de la capacidad de afrontamiento que el hombre puede desarrollar y sufrir y, sin embargo, seguir adelante. También ese documento se convirtió en el alma de un movimiento psicoterapéutico, posteriormente considerado “La tercera escuela de psicoterapia de Viena”, que se denominaría logoterapia, o la terapia del sentido. La logoterapia de Frankl puede resumirse, muy sucintamente, en la extraordinaria frase del filósofo existencialista Friedrich Nietzsche:
“Quien tiene un por qué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”.
El libro “El hombre en busca de sentido” ha inspirado a millones de personas en todo el mundo, incluyéndome. Cuando era un niño y durante mi adolescencia mi padre se destacó como uno de los pocos (en aquel momento) psicólogos logoterapeutas en el país. Un día cualquiera me llegó a mostrar una foto de un anciano de 70 años escalando una escarpada montaña y me dijo “Este es Viktor Frankl”. Esa imagen de aquel hombre sabio y resiliente que mi padre incrustó en mi retina aún influye positivamente en mi forma de apreciar las circunstancias adversas de la vida.
Frankl elaboraba que las sociedades modernas atraviesan fundamentalmente una crisis de sentido, porque las personas, atareadas y enajenadas, hundidas en lo superficial, no encuentran el sentido de sus vidas. Esta crisis de sentido se materializa en el aumento exponencial de las dolencias psíquicas y en la conducta autolesiva, incluido el suicidio. Sin un sentido, sin un propósito en la vida, cualquier sufrimiento es insoportable, cualquier carga es imposible de llevar. Frankl argumentaba que el dolor es ineludible en la vida, sin embargo, ese dolor no tiene por qué convertirse en un sufrimiento, si por medio del sentido que le asignamos a un destino adverso desarrollamos una sensación de propósito personal. Si lo hacemos, podemos metabolizar psíquicamente el dolor y extraer fuerza y perspectiva de él, en última instancia, sabiduría personal: “El dolor es inevitable”, declaraba, “el sufrimiento es opcional”, sentenciaba, el querido Viktor Frankl.
Una experiencia que el mismo Doctor Frankl nos cuenta en “El hombre en busca de sentido” servirá para graficar elocuentemente lo anteriormente expresado:
Un doctor en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. Era incapaz de sobreponerse al dolor del fallecimiento de su esposa, con quien había compartido un matrimonio excepcionalmente feliz. ¿Cómo podía ayudarle? ¿Qué decirle? Me abstuve de comentarle nada y, en vez de ello, le pregunté: «Qué habría sucedido, doctor, si usted hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?». «Bueno _dijo_ para ella habría sido terrible, ¡sufriría muchísimo!». Ante lo cual repliqué: «Lo ve, doctor, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero para conseguirlo usted ha tenido que llorar su muerte y sobrevivirla».
El doctor no dijo nada, me tomó de la mano y, quedamente, abandonó mi consulta. El sufrimiento deja de ser sufrimiento, en cierto modo, en cuanto encuentra un sentido, como suele ser el sacrificio.
En una época de nihilismo y absurdo las enseñanzas de Viktor Frankl ocupan un lugar fundamental a medida que buscamos fortalecer la salud mental de nuestros hijos y comunidades, pues la logoterapia nos dice que siempre se puede encontrar sentido a la vida, incluso en las circunstancias más trágicas y terribles, inclusive en un campo de concentración; porque como nos enseña el psicólogo canadiense Jordan Peterson _gran deudor intelectual de Frankl_ «el sufrimiento, ya sea psíquico, físico o intelectual, no tiene porqué engendrar nihilismo. El sufrimiento siempre permite diferentes interpretaciones». Nosotros, cada uno personalmente, posee la capacidad de asignarle un sentido, una interpretación, a los eventos de nuestra vida; ese es nuestro poder, como agentes morales es nuestra responsabilidad, ante una vida que nos pregunta ¿Qué clase de hombres habéis de ser?





