El Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (HHS) presentó un nuevo informe titulado Wolves in White Coats (Lobos con batas blancas), en el que cuestiona la forma en que hospitales y profesionales sanitarios abordaron en Estados Unidos los tratamientos dirigidos a menores que experimentaban disforia de género.
El documento, encargado por el propio HHS, sostiene que durante los últimos años se produjo una rápida expansión de intervenciones médicas en menores y plantea que, en determinados casos, factores económicos e ideológicos pudieron influir en las decisiones clínicas. El informe también cuestiona prácticas de facturación y diagnóstico utilizadas para obtener cobertura de seguros.
Uno de los capítulos centrales recoge testimonios de jóvenes y padres que describen sus experiencias con bloqueadores de la pubertad, tratamientos hormonales y cirugías. Según el documento, varios pacientes aseguran que no recibieron una evaluación suficientemente amplia de sus antecedentes psicológicos o familiares antes de iniciar tratamientos y que posteriormente encontraron escaso acompañamiento cuando decidieron interrumpirlos.
Historias de pacientes que decidieron contar sus experiencias
Entre los testimonios aparece el de Sydney Aviles, quien relata que comenzó a recibir testosterona a los 14 años y posteriormente se sometió a una doble mastectomía. De acuerdo con su testimonio incluido en el informe, después presentó distintos problemas de salud y finalmente suspendió la testosterona.
El documento también presenta la historia de Lily Burns y su hijo Michael. Según el relato familiar, el adolescente comenzó a identificarse como trans después de experiencias en internet y posteriormente fue derivado a servicios especializados. Sus padres cuestionan que el proceso médico haya avanzado con rapidez y sostienen que las intervenciones terminaron afectando su relación familiar.
Otro de los casos es el de Rose Marie, quien pasó parte de su adolescencia bajo tutela estatal y atravesó una situación de vulnerabilidad habitacional. El informe relata que posteriormente comenzó un tratamiento con testosterona y que, después de varios años, decidió abandonarlo. Actualmente, según su testimonio, enfrenta distintas secuelas físicas y dificultades relacionadas con su proceso de destransición.
La investigación también incluye a Clementine Breen, quien comenzó su transición durante la adolescencia después de haber sufrido un abuso sexual en su infancia. Según su testimonio, recibió bloqueadores de la pubertad, testosterona y posteriormente una doble mastectomía. Años después abandonó el tratamiento hormonal y atribuye parte de sus problemas posteriores a aquel proceso.
Otro testimonio corresponde a Luke Healy, quien asegura que comenzó a explorar contenidos relacionados con el transgenderismo en internet durante su infancia. Ya como adulto inició tratamiento hormonal y llegó a evaluar distintas intervenciones quirúrgicas. Finalmente decidió abandonar el proceso y afirma que las hormonas no resolvieron el malestar que experimentaba.
El sexto caso destacado es el de Soren Aldaco, quien relata haber recibido testosterona y posteriormente una mastectomía. De acuerdo con su testimonio, sufrió complicaciones después de la intervención y abandonó posteriormente el tratamiento hormonal sin contar, según afirma, con un protocolo específico de seguimiento para la destransición.
El informe apunta a incentivos económicos
Más allá de los testimonios personales, Wolves in White Coats desarrolla una crítica al funcionamiento económico de determinados servicios médicos destinados a menores.
El documento sostiene que estas intervenciones pueden generar una relación prolongada entre el paciente y el sistema sanitario, debido a la necesidad de controles periódicos, medicamentos, análisis, tratamientos hormonales y, en algunos casos, procedimientos quirúrgicos.
Según el informe, este modelo habría creado incentivos financieros para hospitales y clínicas. HHS cita estimaciones de costos de tratamientos hormonales y cirugías y sostiene que algunos centros obtuvieron ingresos significativos a partir de estos servicios.
El documento también formula acusaciones más graves al señalar que algunos proveedores habrían utilizado códigos diagnósticos y de procedimientos de manera engañosa o potencialmente fraudulenta para conseguir cobertura de seguros para determinadas intervenciones. Se trata de una de las principales líneas de investigación planteadas por el informe.
Una discusión que trasciende la medicina
El HHS sostiene que el crecimiento de estos tratamientos estuvo acompañado por cambios en hospitales y organizaciones profesionales, así como por políticas públicas que favorecieron su disponibilidad durante la administración de Joe Biden.
El informe reconoce que su investigación no pretende ser exhaustiva y presenta sus conclusiones como una base para futuras acciones de supervisión y políticas públicas.
La publicación abre nuevamente uno de los debates sanitarios y culturales más controvertidos de Estados Unidos: hasta dónde deben llegar las intervenciones médicas en menores que experimentan disforia de género, qué nivel de evaluación debe exigirse antes de tratamientos potencialmente irreversibles y qué responsabilidades tienen hospitales y profesionales cuando un paciente posteriormente se arrepiente o decide revertir el proceso.
Las historias recogidas por HHS no constituyen por sí mismas una prueba de que todos los tratamientos hayan sido realizados de la misma manera ni permiten generalizar las experiencias individuales a todos los pacientes. Pero el Gobierno estadounidense sostiene que los testimonios, junto con los datos económicos y administrativos examinados, justifican una revisión profunda de las prácticas utilizadas en la atención de menores con disforia de género.





