El avance de sectores políticos que reivindican postulados socialistas y comunistas vuelve a instalar un debate que trasciende lo económico o lo ideológico. Para numerosos líderes religiosos, el verdadero conflicto no se encuentra únicamente en la organización del Estado o del mercado, sino en la relación que estas corrientes históricamente han mantenido con la fe y con las instituciones religiosas.
En esa línea, el obispo sostiene que el crecimiento de estas ideas constituye una señal de alarma y advierte que «no se trata de que los liberales clásicos triunfen sobre los conservadores estándar; esta es la victoria de personas que rompen los principios fundamentales que sustentan nuestro país».
Su reflexión encuentra sustento en el propio pensamiento de Karl Marx, quien entendía que la religión debía desaparecer para que pudiera consolidarse el proyecto comunista. «Karl Marx dijo que la primera crítica es la crítica a la religión», recuerda el prelado, explicando que el filósofo alemán consideraba la fe como «el opio de las masas», una herramienta que impedía a los pueblos rebelarse contra la explotación económica al ofrecer esperanza en la providencia divina y en la vida eterna.
El obispo enfatiza que esa concepción no era un aspecto secundario del marxismo, sino uno de sus pilares fundamentales. «Si se quiere que un sistema totalizador como el comunismo tenga éxito, la religión debe ser erradicada y sus líderes silenciados, marginados o, en el límite, eliminados», afirma de manera categórica.
La argumentación también se apoya en las ideas del filósofo Ludwig Feuerbach, cuya influencia sobre Marx fue determinante. Feuerbach sostenía que Dios era simplemente una proyección de los deseos humanos; Marx llevó esa tesis un paso más allá al afirmar que la religión servía para adormecer el sufrimiento de los pueblos y evitar que cuestionaran las estructuras económicas existentes.
Desde esa perspectiva, el obispo señala incluso que, bajo la lógica marxista, «yo, como obispo de la Iglesia Católica, calificaría básicamente como un traficante de drogas de alto nivel», una expresión con la que busca ilustrar cómo el marxismo interpreta el papel de quienes anuncian el mensaje religioso.
Sin embargo, sostiene que existe una razón aún más profunda para explicar el enfrentamiento entre comunismo y religión. A su juicio, el comunismo aspira a convertirse en un sistema absoluto, capaz de ejercer control sobre la educación, la economía, la comunicación, la cultura y la vida política. En ese contexto, la religión representa un límite insalvable, porque proclama que toda autoridad humana está sometida a un juicio superior.
«Si Dios existe, entonces existe un criterio moral objetivo por el cual todo —gobierno, política, economía, etc.— puede evaluarse y así delimitarse», expresa el obispo. Precisamente por ello, sostiene que la existencia de una autoridad moral trascendente impide que cualquier régimen político se considere absoluto o incuestionable.
El religioso encuentra un ejemplo de esa independencia moral en la propia Biblia. Recuerda que las Sagradas Escrituras nunca divinizaron a los gobernantes y que incluso el rey David aparece retratado con sus graves pecados, mientras los profetas denuncian constantemente las injusticias del poder. Esa tradición, sostiene, convirtió históricamente a la religión en un contrapeso frente al Estado.
Como respaldo histórico a su planteamiento, menciona la persecución religiosa registrada bajo distintos regímenes comunistas. «Si dudas de mí en todo esto, te animaría a leer las historias recientes de China, Rusia, Cuba, Nicaragua, Vietnam, Camboya, Venezuela y Polonia», señala.
Dentro de ese recorrido histórico destaca especialmente la visita de Juan Pablo II a Varsovia en junio de 1979. Recuerda que, frente a cerca de un millón de personas reunidas en la Plaza de la Victoria, el Pontífice habló sobre Dios, la dignidad humana y los derechos fundamentales. La multitud respondió con un cántico que, según relata, se prolongó durante quince minutos: «¡Queremos a Dios! ¡Queremos a Dios! ¡Queremos a Dios!». Para el obispo, aquel episodio marcó «el principio del fin para el Imperio comunista soviético».
Finalmente, formula un llamado directo a los creyentes para que permanezcan atentos frente a la expansión de estas corrientes ideológicas. «¿Puedo animar a mis compañeros creyentes en Dios a no ser complacientes ante este desarrollo tan preocupante?», plantea, concluyendo que «el éxito de los socialistas radicales y comunistas en nuestro proceso electoral es, para las personas religiosas, un peligro real y presente».
Más allá del debate político contemporáneo, el planteamiento del obispo insiste en una idea central: que la libertad religiosa y la existencia de principios morales independientes del poder político constituyen un elemento esencial para preservar una sociedad plural, donde ninguna ideología pueda convertirse en autoridad absoluta.





