Ayer era un día de efervescencia total. Por un encuentro deportivo.
Banderas, cintas, vinchas, bufandas, gorros y sobre todo camisetas alusivas a la selección nacional y con los colores patrios. Calles cerradas, música en vivo, batucadas, en fin, eré eréa como decimos en estas latitudes.
Espero que el día de hoy, esas manifestaciones de identidad y orgullo nacional permanezcan, porque el Paraguay es más que un deporte y nuestro sentido de realización y logro, como Nación, no puede depender de un partido de fútbol.
Mantengamos ese fervor a nuestra Nación, si no por el resultado deportivo, por estar todavía en la semana en que se recuerda, la finalización de la guerra con Bolivia, empresa nacional, esa sí, determinante para la definición del Paraguay como nación, en la cual no alientan ni opresores ni siervos, y a la cual, el brío de sus hijos nos dio a nosotros, la libertad que ahora tenemos.
Particularmente, considero inapropiado elevar un deporte a las alturas de las gestas y hazañas que en el pasado y en el presente, esta Gran Nación ha dado y seguirá dando. Me parece desproporcionado y poco razonable, equiparar un partido con Boquerón o Curupayty, un capitán de equipo con Iturbe o Caballero, y un DT con el Mariscal López, al punto de hacerle entrega de una réplica de su espada.
No es lo mismo caminar 70 kms., en tres días, bajo el sol del Chaco, para infiltrar una división entre dos bolivianas, y caer por la retaguardia a todo un cuerpo de ejército enemigo, sentenciando así el resultado de una guerra internacional, con el resultado de una tanda de penales. El Gral. Garay y su 8va. DI no se merecen eso.
Ayer estuve en el aeropuerto Silvio Petirossi, esperando a mi esposa que volvía del extranjero. Alrededor mío, profusión de banderas, gorros, camisetas, etc., en espera del partido de la noche contra USA. Me entretuve mirando la reconstrucción del Deperdussin modelo T, en el cual Silvio Petirossi realizó sus hazañas. Madera, lona, alambre y un motor de 60 caballos de fuerza (Mi SUV coreana tiene un motor de 115 caballos de fuerza). La “cabina” descubierta, con sus lados que llegaban por debajo de los brazos del piloto y un “panel” con 4 medidores. En 1914 (apenas 11 años después del 1er. Vuelo de los hermanos Wrigth), un paraguayo estaba rompiendo el récord mundial de la época, realizando más de 30 giros acrobáticos sucesivos en esa frágil máquina. Ese es el temple de una nación, que apenas 40 años antes, había sido llevada al borde de la extinción física misma.
Hoy es un día en que, es bueno recordar y valorar esta herencia, porque a hombros de gigantes, vamos avanzando hacia un futuro cada vez mejor.
Que nuestros futbolistas entiendan que en la adversidad se hacen las hazañas, y sepan, que así también, todo el Paraguay les apoya y les sostiene, porque el paraguayo no se rinde, ni en el campo de fútbol y mucho menos, en el campo de la historia.





