La carne paraguaya no necesita más oficinas. Necesita más mercados. Esa es la diferencia que hoy parece perderse en el debate sobre la creación del Instituto Paraguayo de la Carne. Nadie discute que el país deba promocionar mejor uno de sus principales productos de exportación. El problema aparece cuando la solución propuesta consiste en crear una nueva estructura que, inevitablemente, demandará recursos, personal y una fuente de financiamiento que terminará saliendo de algún eslabón de la cadena productiva.
Paraguay ya demostró que puede competir entre los principales exportadores de carne del mundo sin contar con un instituto de estas características. En los últimos años logró ingresar a mercados exigentes, elevó el valor de su producto y consolidó una reputación basada en la calidad sanitaria y la eficiencia de su producción. Incluso este año, pese a la caída del volumen exportado, el precio promedio de la carne paraguaya aumentó y permitió amortiguar la reducción de los embarques. El desafío, por lo tanto, no parece estar en la calidad del producto, sino en la forma de posicionarlo y venderlo.
El argumento de que un instituto resolverá el problema de los precios internos tampoco convence. El precio de la carne depende de la oferta, la demanda, los mercados internacionales, el tipo de cambio, los costos de producción y el consumo interno. Ninguno de esos factores cambiará por la creación de una nueva institución. Pensar lo contrario equivale a creer que un cambio administrativo puede modificar las reglas del mercado.
Si el objetivo es promocionar la carne paraguaya en el exterior, la discusión debería empezar por otro lado. Paraguay ya cuenta con instituciones que trabajan en la apertura de mercados y la promoción comercial, como el Senacsa, Rediex, la Cancillería y el Ministerio de Industria y Comercio. Antes de crear un nuevo organismo, conviene preguntarse por qué esas herramientas no están alcanzando los resultados esperados o cómo pueden coordinarse mejor.
También resulta inevitable hablar del costo. Un instituto público-privado necesita financiamiento permanente. En otros países ese dinero proviene de aportes de productores, frigoríficos o de recursos públicos. En cualquiera de los casos, alguien terminará pagando la cuenta. Si ese costo recae sobre el productor, aumentará la carga sobre un sector que ya enfrenta mayores exigencias sanitarias, ambientales y comerciales. Si lo asume el Estado, significará más gasto público en un momento en que el propio Gobierno pide disciplina fiscal.
La experiencia demuestra que los países ganan competitividad cuando simplifican procesos y reducen cargas, no cuando crean nuevas estructuras administrativas. La promoción internacional puede fortalecerse con campañas profesionales, inteligencia comercial y una mejor coordinación entre el sector público y privado, sin necesidad de sumar otra institución que corra el riesgo de duplicar funciones.
La carne paraguaya tiene todo para seguir creciendo: calidad, trazabilidad, reconocimiento internacional y mercados que valoran cada vez más el producto nacional. Lo que falta es una estrategia comercial sostenida y profesional, no necesariamente una nueva oficina. Si el debate termina centrado en la creación de un instituto, existe el riesgo de confundir el instrumento con el objetivo.
Promocionar la carne paraguaya es una necesidad. Crear más burocracia no necesariamente lo es. El verdadero desafío consiste en invertir más en inteligencia comercial, apertura de mercados y construcción de marca país, sin trasladar nuevos costos a quienes producen la riqueza que después el Paraguay vende al mundo.





