¡Chaqueñito no me representa! ¡Qué vergüenza Hernán Rivas! ¡Qué vulgar Yamy Nal! ¡Peor congreso de la historia!
Estas expresiones a menudo se escuchan en cotilleos y se leen en redes sociales, y la pregunta es ¿si este congreso no nos representa, a quién representa? ¿No es acaso el resultado de lo que manifestó la voluntad popular en las urnas? ¿No somos nosotros esa voluntad popular? O, ¿no será, quizás, que tenemos una idea equivocada de nosotros mismos como particulares y como colectividad? ¿No seremos, acaso, rehenes de nuestros sesgos cognitivos sobrevalorando nuestras supuestas probidades y cerrando, convenientemente, los ojos ante nuestras evidentes miserias? Como votantes en un sistema democrático padecemos del síndrome de irresponsabilidad parental: flamantes padres de la criatura, cuando nos desagrada la cara del neonato, ¿qué hacemos? pretendemos desconocer la filiación. Exigimos examen de ADN impugnando la mismísima urna donde metimos nuestro voto.
Quizás una de las virtudes de la democracia, como sistema de gobierno, sea su capacidad para lograr la representación de la población que acudió a los comicios, por eso se le llama democracia representativa…virtud hasta que nos disgusta el resultado y entonces, la capacidad representativa de la democracia, mágicamente, se convierte en vicio, nos enojamos con el espejo y lo deploramos porque nos devuelve, inmisericorde, la imagen de lo que verdaderamente somos como sociedad.
Amigo, te quejás de Chaqueñito, pero no leés ni Condorito; amiga, no te gusta Hernán Rivas porque “no sabe hablar”, pero no veo que leas doce libros al año y, cuando escribís en tuiter, Cervantes convulsiona en su tumba. Señalás que Payo es un puerco porque defecaba en oficinas públicas, mientras vos te bajás de tu chileré para orinar por la muralla del prójimo. Pegás el grito al cielo por el dedo del medio de Yamy Nal pero, mientras tanto, vos coimeás con el PMT, coqueteás con la novia de tu amigo y no devolvés el viático de la empresa. Hipócritamente acusamos en las redes sociales las miserias morales de un congreso que comete un único pecado: representarnos hasta el esperpento.
La democracia es un espejo y si no nos gusta lo que vemos es porque, posiblemente, no seamos lo que debemos. “Espejito, espejito, quién es la más hermosa del reino” _ preguntó su Majestad. La respuesta del espejo, su reflejo, no fue del agrado de la inquisidora, entonces, en un arranque de indignación, rompió el espejo. No seamos insensatos como aquella soberana, no rompamos el espejo de la democracia solo porque no nos guste lo que nos muestra. La solución, como en muchos aspectos de la vida es la responsabilidad personal: persona por persona, intentar ser mejores y hacerlo mejor. Quizás así un día, el otrora maldito espejo _ la democracia _ nos devuelva una imagen que tienda a coincidir con nuestras más caras expectativas.





