En los últimos días, en medios de comunicación locales, se pudo leer dos artículos que, desde enfoques distintos, terminan llegando a una conclusión similar. El primero sostiene que el crecimiento económico paraguayo constituye poco menos que un espejismo, mientras que el segundo, a través de las declaraciones de un economista, plantea que el país necesita elevar gradualmente impuestos como el IVA, el IRE y el IRP para sostener su capacidad fiscal. Ambas posiciones parten de diagnósticos atendibles, pero arriban a conclusiones que merecen ser discutidas.
Comencemos por una contradicción evidente. La propia nota titulada «Crecer sin desarrollo. El espejismo del PIB paraguayo» reconoce que Paraguay creció 6,6% en 2025, que el Banco Central proyecta una economía sólida para 2026 y que el Fondo Monetario Internacional destaca la resiliencia del país, la credibilidad de su política monetaria, el régimen de metas de inflación y la fortaleza de sus reservas internacionales. Es decir, los mismos organismos internacionales que analizan objetivamente la economía paraguaya describen un escenario que cualquier país de la región desearía tener.
Sin embargo, inmediatamente después, el artículo invita prácticamente a relativizar ese desempeño porque aún persisten desafíos en materia de informalidad, pobreza y desigualdad.
Pero la existencia de problemas sociales no convierte el crecimiento en un espejismo. Al contrario, es precisamente el crecimiento el que hace posible disponer de mayores recursos para enfrentarlos.
La historia económica demuestra que ningún país redujo la pobreza generando menos riqueza. Ninguna nación mejoró su educación destruyendo inversiones. Ningún sistema sanitario se fortaleció frenando el crecimiento económico. Primero se genera riqueza; luego se resuelven los problemas. Invertir ese orden ha sido, precisamente, una de las causas del estancamiento de numerosas economías latinoamericanas.
La segunda nota publicada por uno de los medios abre otro debate igualmente relevante. El economista sostiene que Paraguay necesita incrementar gradualmente la presión tributaria, elevando impuestos como el IVA, el Impuesto a la Renta Empresarial y el Impuesto a la Renta Personal del 10% al 12%, con el objetivo de ampliar la capacidad financiera del Estado.
La propuesta parte de una premisa sencilla: recaudar más. Pero la pregunta es otra ¿Está demostrado que el problema de Paraguay es recaudar poco? ¿O será, más bien, que se gasta mal?
Durante décadas América Latina ha ensayado repetidamente la fórmula de aumentar impuestos para financiar Estados cada vez más grandes. Argentina constituye probablemente el ejemplo más evidente. Posee una de las presiones tributarias más elevadas de la región y, sin embargo, arrastra déficits fiscales crónicos, inflación, deuda, pobreza creciente y una burocracia gigantesca.
Brasil tampoco puede exhibir que una elevada carga tributaria haya resuelto automáticamente sus problemas estructurales.
Europa ofrece ejemplos similares. Economías con altos niveles impositivos también enfrentan hoy dificultades para sostener el tamaño de sus aparatos estatales. El problema, por tanto, difícilmente pueda reducirse a la recaudación.
Antes de pedir un esfuerzo adicional a quienes ya pagan impuestos, el Estado debería responder una pregunta elemental: ¿está utilizando eficientemente los recursos que ya administra? La respuesta dista mucho de ser afirmativa.
Existe amplio margen para reorganizar el gasto público, eliminar duplicaciones administrativas, racionalizar estructuras, combatir privilegios, mejorar las compras públicas y elevar la eficiencia del aparato estatal.
Al mismo tiempo, Paraguay mantiene un enorme desafío pendiente: la formalización de más de un millón y medio de trabajadores que hoy desarrollan actividades económicas fuera del sistema formal.
Resulta llamativo que incluso el propio economista considere que ese camino estaría prácticamente agotado. Sin embargo, aceptar semejante conclusión implicaría resignarse a que cientos de miles de actores económicos continúen indefinidamente fuera del sistema tributario, previsional y financiero.
Formalizar no significa únicamente recaudar más. Significa facilitar el acceso al crédito, fortalecer la seguridad social y construir una economía más competitiva.
En lugar de aumentar la presión sobre quienes ya cumplen con sus obligaciones fiscales, parece más razonable ampliar la base de contribuyentes mediante incentivos a la formalización y un Estado menos burocrático.
La discusión tampoco debería plantearse como una elección entre crecimiento y desarrollo porque uno depende del otro.
La estabilidad macroeconómica que hoy exhibe Paraguay, reconocida por el propio Fondo Monetario Internacional y valorada por los mercados internacionales con dos grados de inversión, constituye un activo estratégico que el país tardó décadas en construir.
Despreciarlo porque todavía existen desafíos sociales sería tan equivocado como pretender resolver esos desafíos castigando precisamente uno de los factores que hacen posible enfrentarlos.
No hay dudas de que crecer no alcanza, pero crecer sigue siendo indispensable. Entonces, la verdadera discusión consiste en cómo aprovechar ese crecimiento para construir un Estado más eficiente, una economía más formal y una sociedad con mayores oportunidades. No necesariamente un Estado más grande. Mucho menos, uno que pretenda resolver cada problema aumentando impuestos.





