Las negociaciones comerciales rara vez se reducen a porcentajes o cupos de exportación. Detrás de cada tonelada de carne, azúcar o etanol que un país logra colocar en un mercado internacional existe una cadena de producción, inversiones, empleo y oportunidades de crecimiento.
Por eso, el debate sobre la distribución de las cuotas del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea va mucho más allá de una discusión técnica: define qué posibilidades tendrá Paraguay de aprovechar dicho mercado.
Aceptar un reparto que limite la capacidad exportadora del país significaría resignar parte del potencial de desarrollo que el acuerdo promete generar. Paraguay ha demostrado en los últimos años una creciente capacidad para aumentar su producción agroindustrial, atraer inversiones y consolidarse como proveedor confiable de alimentos.
Sin embargo, ese esfuerzo pierde sentido si el acceso al mercado europeo queda condicionado por cupos insuficientes, definidos en función del peso económico de otros socios del bloque y no de las necesidades de crecimiento de todos sus miembros.
Las históricas asimetrías dentro del Mercosur no pueden convertirse nuevamente en una barrera para el país. Paraguay parte de una realidad diferente a la de Brasil o Argentina y precisamente por esas diferencias, el acuerdo debería convertirse en una herramienta para cerrar brechas y no para profundizarlas.
Un sistema de reparto que privilegie a quienes ya concentran la mayor parte de las exportaciones terminaría reproduciendo las desigualdades existentes dentro del bloque. Si el objetivo del Mercosur es la integración, resulta difícil sostener que uno de sus miembros deba conformarse con una participación reducida mientras intenta expandir su capacidad productiva y exportadora.
La discusión tampoco debe centrarse únicamente en el presente. Las cuotas definirán las posibilidades de crecimiento durante los próximos años. Paraguay aún tiene margen para incrementar su producción de carne, productos agrícolas y manufacturas de origen industrial.
Limitar hoy ese espacio significaría poner un techo al desarrollo futuro, cuando justamente el desafío consiste en generar más inversiones, más empleo y mayor valor agregado. El Mercosur nació bajo el principio de que la integración debía beneficiar a todos sus integrantes.
Si el acuerdo con la Unión Europea pretende convertirse en un verdadero motor de crecimiento regional, deberá ofrecer oportunidades reales para cada uno de ellos. Paraguay no necesita privilegios, pero tampoco debería aceptar condiciones que restrinjan su expansión económica antes incluso de competir en igualdad de condiciones.
Un acuerdo comercial solo cumple su propósito cuando abre puertas; si las cuotas terminan cerrándolas para quienes más necesitan crecer, el desarrollo dejará de ser un objetivo compartido para convertirse en un beneficio reservado a unos pocos.





