Petronella Wyatt, quien dedicó buena parte de su vida a defender el feminismo, sostuvo en una nota publicada en el Daily Mail que su generación terminó pagando el precio de una filosofía que prometió libertad, pero que, según su experiencia, desvalorizó la familia, la maternidad y las relaciones tradicionales. «Estoy soltera y sin hijos y estoy sola», confesó.
Durante décadas, el feminismo presentó la independencia como el camino hacia la realización de las mujeres. Sin embargo, para la escritora británica Petronella Wyatt, esa promesa terminó convirtiéndose en una profunda decepción. Después de haber defendido durante gran parte de su vida ese movimiento, hoy considera que sus postulados le fallaron a toda una generación de mujeres que, al llegar a los 50 años, se encuentran solas, sin pareja y sin hijos.
«Estoy soltera y sin hijos y estoy sola. El movimiento feminista me ha fallado y le ha fallado a toda mi generación», escribió Wyatt en un artículo en el que expone su arrepentimiento y cuestiona las consecuencias de una cultura que, a su juicio, llevó a muchas mujeres a mirar con desconfianza la vida familiar y los modelos tradicionales de pareja.
La escritora relata que cada lunes se reúne con un grupo de amigas en un restaurante de Londres. Todas tienen alrededor de 50 años, son profesionales, cuentan con una sólida formación académica y han desarrollado sus carreras laborales. Sin embargo, detrás de sus trayectorias existe una realidad que las une: ninguna está casada ni tiene hijos.
Para Wyatt, esa situación representa una contradicción dolorosa. La independencia económica y el desarrollo profesional, que durante años fueron presentados como grandes conquistas, no necesariamente se tradujeron en la vida afectiva y familiar que muchas de ellas también deseaban.
La autora considera que el feminismo terminó instalando una visión negativa de la mujer tradicional, asociando la maternidad, el matrimonio y la vida familiar con formas de sometimiento masculino. Desde su perspectiva, esa narrativa llevó a muchas mujeres a rechazar experiencias que podrían haber formado parte de sus proyectos de vida.
En su artículo recoge el testimonio de Sally, una amiga de 55 años, quien reconoce que durante su juventud desarrolló una actitud hostil hacia los hombres, influenciada por las ideas que había incorporado sobre las relaciones entre ambos sexos.
«Siempre siento que soy una persona no deseada como mujer porque el movimiento feminista nos enseñó que la mujer tradicional es un estereotipo inventado por los hombres para mantenernos bajo su control», expresó Sally, según el relato de Wyatt.
La mujer reconoce que esa postura terminó alejando a posibles parejas y que hoy siente que está pagando las consecuencias de aquella visión. Su testimonio refleja el arrepentimiento de quienes consideran que, en nombre de la emancipación, terminaron rechazando aspectos de la vida que posteriormente descubrieron que también deseaban.
Wyatt sostiene que Occidente necesita revisar profundamente esa cultura y recuperar el valor de los vínculos familiares. También menciona que una de cada diez mujeres británicas de alrededor de 50 años nunca se ha casado y vive sola, una realidad que utiliza para ilustrar el problema que describe.
Su cuestionamiento apunta al corazón de una de las promesas históricas del feminismo: que la liberación de los modelos tradicionales conduciría necesariamente a una vida más plena. Para la escritora, esa ecuación dejó de lado una cuestión fundamental: la libertad de una mujer también debe incluir la posibilidad de formar una familia, ser madre, construir una pareja estable y encontrar satisfacción en esos proyectos, sin que tales aspiraciones sean consideradas señales de dependencia o retroceso.
«Tal vez sea demasiado tarde para mí y para mis amigas, pero no debemos permitir que el movimiento feminista destruya también la vida de las generaciones futuras», concluye.
La reflexión de Petronella Wyatt plantea una crítica contundente a una cultura que, según su experiencia, enseñó a muchas mujeres a priorizar determinados ideales de independencia mientras relegaba sus deseos de formar una familia. Su arrepentimiento pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuántas mujeres terminaron renunciando a aquello que realmente querían para ajustarse a una idea de libertad que, con el paso del tiempo, ya no las representa?





