Cuando John Locke escribió, apenas al principio de su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil que “todo hombre debe ser preservado lo más posible; y cuando no pudieren serlo todos, la seguridad del inocente deberá ser preferida” no creo que haya estado pensando en el asunto moral del aborto, y, sin embargo, la expresión no podría ser más apropiada para tratar sobre ello. El único ser humano totalmente inocente que padece la pena de muerte son los niños por nacer que son sometidos al infame crimen del aborto. El punto de vista liberal clásico indica que en una situación donde las circunstancias sean tales que la sociedad no pudiera garantizar la protección de la seguridad física de todas las partes involucradas debe preferirse proteger al inocente, y en el caso del aborto, donde hay tres protagonistas involucrados, un hombre, una mujer y un bebé por nacer, el más inocente de esta triada es este último.
Naturalmente, algunos dirán que, en los casos de violación, el hombre es culpable y la mujer es inocente, lo cual le otorga el derecho a la misma a asesinar al bebé que tiene en el vientre. Si somos capaces de considerar a la mujer inocente, deberíamos aún más comprender que el ser humano por nacer, en aquellas atroces circunstancias, es aún más inocente. La ironía abunda en este caso, pues los sectores feministas y garantistas prefieren abogar por reducir las penas a los violadores, mientras también reducen su propuesta de solución de este conflicto a ofrecer aborto a las madres. Nunca, como en el caso del aborto por causas de violación, se comprueba la verdad de lo expresado por Adam Smith: compasión por el culpable es crueldad con el inocente. El violador es el culpable; el niño por nacer y la mujer son inocentes ¿Cómo la violación de los derechos de una mujer se repara con la violación del derecho a la vida del niño por nacer? Las feministas y los garanto-abolicionistas no se ruborizan ante tamaña contradicción lógica mientras ofrecen su cruel solución final.
En la tradición católica apostólica romana existe un santo que me conmueve de forma muy particular: San Ramón No Nato, o San Ramón de los No Nacidos. Ramón fue retirado milagrosamente del vientre de su madre cuando ella tristemente había fallecido durante el parto, en lo que podría llamarse, actualmente, una operación cesárea. La vida de este hombre cristiano está llena de extraordinarias demostraciones de sacrificio personal por la causa de Cristo. Se unió a los monjes redentoristas, sacerdotes cristianos, que, durante la edad media, viajaban a las zonas europeas dominadas por musulmanes con el fin de liberar a esclavos cristianos bajo su yugo. En ese entonces la Iglesia Católica financiaba esas incursiones, las cuales eran muy peligrosas, y en donde murieron miles de sacerdotes asesinados por la crueldad islámica. El sacerdote mercedario Ramón, finalmente después de liberar a muchos cristianos, se quedó sin dinero, y para redimir acaso a un último prójimo, se ofreció a quedar cautivo en su lugar. Debido a que, aun en su condición de esclavo, continuaba predicando, la tradición relata que sus captores le perforaron los labios y se le cerró la boca con un candado. Milagrosamente, debido a que fue silenciado a la fuerza, aparecieron grabados en sus palmas los nombres de Jesús, en su mano derecha, y de María, en la izquierda. Más allá del profundo significado religioso de aquel milagro, es fácil entrever que aquellos eran los nombres de quien fuera, en un momento, un bebé no planificado y el de una madre valiente, que, aunque no esperaba a aquella criatura, decidió tenerla y criarla con amor y devoción.
El aborto es un crimen atroz y una tragedia. Se calculan, de manera informal, que se realizan setenta y tres millones de abortos al año en clínicas de muerte en todo el mundo. Un día, en el futuro, gran parte de la humanidad se arrepentirá de su silencio cómplice respecto de este terrible asunto. Pero nosotros no seremos parte de aquel desfile de arrepentidos. Mientras no tengamos la boca encadenada seguiremos declarando fuerte y alto que el aborto es un crimen y que institucionalizarlo es establecer la cultura de la muerte. Y si nos mandan callar, en nuestro silencio, nuestras manos hablarán y con nuestras acciones seguiremos predicando, como San Ramón de los No Nacidos.





