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Pensar en un Paraguay eterno

Los gobernantes pasan. El Paraguay permanece. Pero esa permanencia exige algo más que nuestra capacidad de sobrevivir a las crisis.

En 1544, apenas siete años después de la fundación de Asunción, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, segundo adelantado del Río de la Plata, fue depuesto y encarcelado. Al año siguiente fue enviado prisionero a España. Faltaban siglos para la independencia, pero en aquel territorio ya se disputaban la autoridad, los intereses y el ejercicio del poder.

No fue el nacimiento de nuestra nación. Fue un episodio temprano de la historia colonial de la que surgiría el Paraguay. Recordarlo hoy invita a pensar cuánto hemos cambiado en nuestra manera de resolver los conflictos políticos y cuánto nos queda por aprender.

He sido testigo de sucesivas crisis de nuestra vida democrática. He visto cómo las expectativas depositadas en un gobierno pueden convertirse en decepción, cómo se fracturan las alianzas y cómo la incertidumbre vuelve a instalarse en la conversación cotidiana.

Y también he visto al país continuar.

Mientras el poder se disputa, hay familias que sostienen sus hogares, productores que trabajan, docentes que enseñan, profesionales que cumplen sus obligaciones y jóvenes que intentan construir un futuro aquí. Esa continuidad tiene rostros concretos. Se sostiene con el esfuerzo de personas que rara vez ocupan el centro de las noticias.

Sin embargo, sobrevivir no puede ser nuestra única aspiración. Cada crisis tiene costos: tiempo perdido, confianza deteriorada, proyectos postergados y ciudadanos que dejan de creer que las instituciones puedan responderles.

La salida de un gobernante tampoco demuestra, por sí sola, que el país haya corregido sus problemas. Debemos mirar las causas, las responsabilidades y las condiciones que permiten que los conflictos se repitan.

El control del poder es necesario. Su ejercicio exige fundamentos, procedimientos y responsabilidad. La estabilidad también importa, pero debe construirse sobre instituciones capaces de exigir cuentas y de ofrecer reglas previsibles.

Por eso propongo pensar en un Paraguay eterno. Un país cuyo horizonte alcance a quienes todavía no nacieron. Un Paraguay que sepamos cuidar más allá de nuestras preferencias partidarias y de la suerte de cualquier dirigente.

Cada uno puede contribuir desde su espacio: cumpliendo su trabajo, formando a otros, produciendo, participando, exigiendo transparencia y asumiendo las consecuencias de sus propias decisiones.

Nuestra historia demuestra que hemos resistido mucho. El desafío es transformar esa resistencia en una capacidad duradera para construir.

Que quienes vengan después encuentren algo más que un país que sobrevivió. Que encuentren un Paraguay al que supimos dar continuidad, oportunidades y futuro.

Autor

Cynthia Peña Ros
Cynthia Peña Ros
Abogada y Notaria Pública Magíster en Derecho Agroalimentario

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