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Carne sostenible: primero la realidad, después el indicador

Paraguay necesita medir y demostrar cómo produce. Pero un indicador no se convierte en medida de sostenibilidad simplemente porque una metodología internacional lo llame así.

Este artículo continúa el análisis iniciado en una publicación anterior sobre el Estándar Nacional de Producción Sostenible de Carne Vacuna. En aquella primera aproximación examinamos su orientación general. Aquí avanzamos sobre una pregunta más concreta: qué estamos midiendo cuando hablamos de sostenibilidad y si los indicadores elegidos responden realmente a las condiciones de la ganadería paraguaya.

Paraguay avanza en la elaboración de un Estándar Nacional de Producción Sostenible de Carne Vacuna. Contar con indicadores puede ser útil: permite medir, comparar y demostrar con datos las características de nuestra producción. Pero antes de aceptar cualquier indicador deberíamos hacer una pregunta básica: ¿qué estamos midiendo realmente?

No existe una única definición universal de ganadería sostenible. Cada país tiene condiciones ambientales, productivas y sociales diferentes. Por eso, un estándar verdaderamente paraguayo debería comenzar por identificar qué ha permitido que nuestra ganadería permanezca, mejore y produzca durante décadas, y recién después decidir cómo medirlo.

La sostenibilidad del Chaco no comenzó con los indicadores

El Dr. Albrecht Glatzle, quien dedicó décadas al estudio de los sistemas productivos del Chaco paraguayo, plantea un hecho difícil de ignorar. La ganadería pastoril chaqueña existe desde hace más de ochenta años y durante ese tiempo no permaneció inmóvil: aprendió y se adaptó.

Mejoró el manejo de las pasturas. Disminuyeron antiguos problemas de sobrecarga y erosión. Se incorporaron pastos mejor adaptados. Avanzaron la genética y la sanidad animal. Se corrigieron deficiencias minerales. Aumentó la seguridad del abastecimiento de agua mediante tajamares, pozos y otras inversiones.

Al mismo tiempo se desarrollaron caminos, frigoríficos, servicios veterinarios, infraestructura y una fuerte organización de productores y cooperativas. Todo eso ocurrió mucho antes de que existieran los actuales indicadores internacionales de sostenibilidad. Ocurrió porque para seguir produciendo había que conservar recursos, solucionar problemas y adaptarse a un ambiente difícil. Esa capacidad también es sostenibilidad.

Entonces, ¿por qué empezamos por los gases?

Aquí aparece una cuestión que merece análisis. Entre los primeros indicadores ambientales utilizados para evaluar la ganadería aparecen las emisiones totales de gases de efecto invernadero y las emisiones por kilogramo de carne producido.

Sin embargo, cuestiones tan directamente vinculadas con la producción como el estado de las pasturas, la erosión, el suelo descubierto o su capacidad productiva no reciben necesariamente el mismo protagonismo.

¿Estamos midiendo aquello que hace sostenible a nuestra ganadería o aquello que actualmente interesa medir dentro de la agenda climática internacional? No son necesariamente la misma cosa.

El metano: una vaca no es todo el ecosistema

Una vaca produce metano durante su digestión. Eso no está en discusión, pero la pregunta científica no debería terminar allí, también habría que preguntar: ¿cuánto metano adicional existe realmente porque ese ecosistema tiene ganado?

Los ecosistemas naturales también producen metano y otros gases. Los producen microorganismos, materia orgánica en descomposición, humedales, animales silvestres y numerosos procesos naturales.

El Dr. Glatzle cuestiona precisamente que se contabilicen las emisiones actuales de un sistema ganadero sin considerar suficientemente aquellas que habrían existido en ese mismo ecosistema si la ganadería no estuviera presente (Glatzle, 2026).

No basta con saber cuánto metano produce una vaca. Hay que saber cuánto cambió realmente el sistema porque allí existen vacas. Además, la naturaleza no solamente produce metano. También lo elimina.

Existen microorganismos capaces de consumirlo y algunos suelos pueden actuar como sumideros, es decir, como lugares donde parte de ese gas es retirado. Por eso el Dr. Glatzle insiste en algo fundamental: mirar el sistema completo y no una sola de sus partes.

La naturaleza también emite

Una gran erupción volcánica ayuda a entender el problema. La erupción submarina del Hunga Tonga-Hunga Ha’apai, ocurrida en 2022, produjo una importante inyección de metano hacia la atmósfera. Al mismo tiempo comenzaron a actuar procesos naturales que destruyen parte de ese mismo gas. Un estudio publicado en 2026 estimó una inyección de al menos 330.000 toneladas de metano en la estratosfera.

El ejemplo no pretende comparar volcanes con vacas. Sirve para recordar algo mucho más sencillo: la atmósfera tiene entradas y salidas. No todo lo que se emite permanece allí indefinidamente. Por eso, observar exclusivamente cuánto se emite puede ofrecer una imagen incompleta si no se analiza también qué ocurre posteriormente con ese gas.

Itaipú plantea la misma necesidad de prudencia

Los embalses también pueden producir metano por la descomposición de materia orgánica bajo el agua. Investigaciones realizadas en otros países muestran incluso que cubrir cuerpos de agua con paneles solares flotantes puede modificar ciertas condiciones del agua y, bajo determinadas circunstancias, alterar la liberación de metano.

Esto no permite afirmar que la planta solar flotante de Itaipú esté aumentando sus emisiones. Para saberlo habría que medirlo específicamente. Y justamente allí está la enseñanza. Si pretendemos medir con precisión el metano de una vaca para decidir si su producción es sostenible, deberíamos aplicar el mismo rigor científico a cualquier actividad humana capaz de modificar los ciclos naturales del metano. Primero medir. Después concluir.

El agua demuestra por qué necesitamos indicadores paraguayos

Un ejemplo todavía más sencillo es el agua. No significa lo mismo que un animal consuma agua potable proveniente de una fuente escasa que agua de lluvia captada y almacenada en un tajamar chaqueño. Si solamente contamos litros, ambas situaciones parecen iguales. Pero ambientalmente no lo son.

La pregunta correcta debería ser: ¿qué presión real ejerce esa producción sobre el agua disponible y sobre los demás usuarios del recurso? Eso es adaptar un indicador a la realidad. No copiar una fórmula y aplicarla indistintamente.

Sostenibilidad, clima y mercado no son sinónimos

Aquí está el punto central. Reducir emisiones puede constituir un objetivo de política climática, cumplir determinada condición puede ser una exigencia de acceso a un mercado, tener trazabilidad puede ser indispensable para demostrar el origen de nuestra carne. Todas pueden ser cuestiones importantes. Pero no se convierten automáticamente en sostenibilidad.

Una ganadería sostenible debería demostrar, ante todo, que puede conservar los recursos que utiliza, mantener su capacidad productiva, preservar la sanidad y bienestar de los animales, adaptarse al ambiente y seguir produciendo en el tiempo sin destruir la base de la cual depende.

Paraguay necesita indicadores para demostrarlo, ero el orden importa. Primero debemos determinar qué hace sostenible a la ganadería paraguaya. Después debemos decidir cómo medirlo. No al revés. Porque los indicadores deberían ayudarnos a conocer y demostrar nuestra realidad productiva. No reemplazarla por una definición elaborada desde afuera. Y quizá allí esté la verdadera diferencia entre tener un estándar simplemente denominado nacional y construir un estándar verdaderamente paraguayo.

Autor

Cynthia Peña Ros
Cynthia Peña Ros
Abogada y Notaria Pública Magíster en Derecho Agroalimentario

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