La controversia sobre los materiales de educación sexual del MEC escaló del debate técnico al terreno personal. Mientras organizaciones sociales y especialistas de izquierda cuestionan los contenidos de EASE, la figura de Fernando Griffith se convirtió en blanco de una ofensiva que busca desacreditarlo en lugar de concentrar la discusión en los argumentos.
La polémica por los libros del programa de Educación de la Afectividad y la Sexualidad en las Escuelas (EASE) dejó al descubierto una práctica recurrente en la política paraguaya: cuando el debate de ideas se vuelve incómodo, el adversario deja de discutir los planteamientos y pasa a atacar a quien los sostiene. En este caso, Fernando Griffith, exviceministro de Culto y exministro de Cultura, quedó en el centro de una campaña de cuestionamientos que combina sus declaraciones pasadas, su trayectoria política y su participación en la adaptación de los materiales educativos.
La discusión debería centrarse en el contenido de los manuales, en los criterios utilizados para su elaboración y en la solidez de los argumentos científicos que respaldan sus afirmaciones. Sin embargo, la controversia se desplazó hacia la persona de Griffith, como si sus convicciones fueran suficientes para invalidar, por sí solos, cualquier posición que defienda. Ese razonamiento tiene nombre: ad hominem, una falacia que busca desacreditar al interlocutor en lugar de refutar sus argumentos.
El recurso resulta especialmente evidente, las críticas dejan de analizar una afirmación concreta y se convierten en un inventario de supuestas controversias personales. Las declaraciones de Griffith sobre la función biológica de la mujer, su rechazo a determinados conceptos vinculados con la inclusión y la diversidad y sus intervenciones en foros educativos aparecen como elementos de una ofensiva destinada a construir una imagen negativa de él.
Las diferencias ideológicas son legítimas y las decisiones públicas deben someterse a escrutinio. Pero ninguna de esas circunstancias reemplaza la obligación de debatir con argumentos. Si una afirmación contenida en los libros EASE es científicamente incorrecta, corresponde identificarla, demostrar por qué lo es y presentar la evidencia pertinente.
Si un material educativo contiene estereotipos o contradice recomendaciones técnicas, el camino es examinar su contenido y fundamentar las objeciones. La descalificación personal no sustituye ese trabajo.
El debate no puede convertirse en una operación en la que se presenta a Griffith como una figura desacreditada y se pretende que esa caracterización resuelva automáticamente todas las discusiones sobre EASE. La validez de una afirmación no depende de la simpatía que despierte su autor.
La izquierda paraguaya que cuestiona estos materiales tiene pleno derecho a exigir explicaciones y responsabilidades. Lo que no puede hacer es presentar el ataque personal como si fuera una demostración científica. La crítica rigurosa exige pruebas, argumentos y precisión; la propaganda, en cambio, necesita adversarios a los que convertir en símbolos de todo aquello que pretende combatir.
El historial de declaraciones de Griffith es uno de los principales recursos utilizados para cuestionar su participación en la revisión de los manuales. En julio de 2024, durante una audiencia en el Congreso Nacional, Griffith sostuvo, acertadamente, que la mujer tiene una «función biológica» y no un rol, y cuestionó los conceptos de inclusión, diversidad e igualdad en la educación contemporánea.
Lo mismo ocurre con el episodio de 2020, cuando Griffith cuestionó los planteamientos del biólogo y filósofo chileno Humberto Maturana durante una discusión vinculada a la transformación educativa. El exviceministro defendió entonces una concepción de la ciencia centrada en el método y criticó lo que consideraba un desplazamiento hacia el terreno de las ideas.
Se puede discrepar de sus posiciones, examinar sus fundamentos y cuestionar sus conclusiones. Lo que no corresponde es asumir que una persona queda intelectualmente descalificada por sostener ideas que no gustan a un sector ideológico. Esa lógica no fortalece el pensamiento crítico: lo reemplaza por una clasificación entre personas aceptables e inaceptables según sus convicciones.
La falacia como sustituto de la refutación
El problema de fondo es que el debate público corre el riesgo de quedar atrapado en una lógica de trincheras. De un lado, las críticas a los materiales; del otro, las posiciones de quienes los defienden. En medio, la discusión técnica queda desplazada por las etiquetas políticas y descalificaciones.
La falacia ad hominem es útil para la confrontación porque simplifica una discusión compleja: en lugar de demostrar que una idea es falsa, se intenta convencer al público de que quien la expresa no merece ser escuchado. Es una táctica eficaz para movilizar adhesiones, pero intelectualmente pobre, muy pobre. No prueba nada sobre la exactitud de un contenido ni permite establecer si una objeción científica está bien fundamentada.
Cuando la crítica abandona la evidencia y se refugia en el ataque personal, deja de ser una refutación. La izquierda paraguaya puede cuestionar a Griffith y sus ideas. Pero si pretende que la descalificación sustituya la demostración de sus argumentos, no estará resolviendo la controversia: estará exhibiendo los límites de su propia estrategia.





