Los samaritanos eran un pueblo de linaje israelita que se había apartado del convenio abrahámico y establecido allende de la tierra prometida, por lo cual eran discriminados y frecuentemente hostilizados por los habitantes de aquella Jerusalén en la época de Jesús. Detestados, considerados traidores de la verdadera fe, tal era la inquina que los judíos le tenían a los samaritanos, que inclusive rodeaban la tierra de Samaria cuando realizaban algún viaje, a costa de alargar el camino. Sin embargo, Jesucristo, el autor de la fe que posteriormente se denominaría cristiana, no dudó en hablar sentida e íntimamente con la mujer samaritana junto al pozo, la cual le recordó al Maestro que “los judíos no se tratan con los samaritanos”. Cristo tampoco vaciló en desafiar el falso sentimiento de superioridad judío declarando públicamente que el único agradecido de aquellos diez leprosos que él sanó milagrosamente, fue aquel que provenía de Samaria.
Ante el tramposo intérprete de la ley, que queriendo ponerlo a prueba, le inquirió con la punzante pregunta ¿quién es mi prójimo? (Lucas 10:25-37) Jesús le respondió con una de las parábolas que mejor representa nuestro sentir cristiano y que ha delineado aquella vocación occidental orientada a la tolerancia:
Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.
Y aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino y, al verle, pasó de largo.
Y asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, al verle, pasó de largo.
Mas un samaritano que iba de camino llegó cerca de él y, al verle, fue movido a misericordia; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su propia cabalgadura, le llevó al mesón y cuidó de él.
Y otro día, al partir, sacó dos denarios y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamelo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando vuelva.
¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo de aquel que cayó en manos de los ladrones?
Ante la pregunta, sencilla pero profunda, que Jesucristo le realizó al intérprete de la ley este respondió: El que tuvo misericordia de él.
Entonces Jesús le dijo: Ve y haz tú lo mismo.
Esta extraordinaria declaración resume el credo cristiano, el cual nuevamente declara en el evangelio de San Mateo 25:35 que uno de los mandamientos cristianos es acoger al forastero. La fe cristiana reiteradamente nos manda, por medio de su Creador, el Cristo, a ser benevolentes con las personas de otras etnias, culturas, creencias religiosas y razas. Es parte fundamental del ADN cristiano y esta profunda expresión de fe ha dado forma al carácter occidental, el cual es abierto y acogedor con las personas de otras razas, etnias y culturas que pretendan establecerse en esta región del mundo.
Lo anterior ofrece un marcado contraste con las declaraciones violentas, machistas y xenófobas que constituyen los dichos de profeta Mahoma, en el islam, las cuales están presentes en su libro sagrado, el Corán. En el Corán no existe una parábola del buen samaritano y eso explicaría, en parte, el carácter cerrado y violento de las sociedades islámicas.
Cuando el Corán ordena “!Oh, creyentes¡, no establezcáis lazos ni de amistad ni de sangre con los cristianos, con los israelitas ni con los impíos…” (Corán, 5:62) esto se cumple taxativamente en la mayor parte del mundo musulmán, y es debido a que la misma palabra Islam significa sumisión. Nuevamente vuelve a recordar, con respecto a otras tribus beduinas, que “no os haréis amigos de ninguno de ellos hasta que no hayan emigran en el camino de Alá, y si se alejan, capturadlos y matadlos” (Corán, 4:90).
Con respecto a los incrédulos las expresiones del Corán son en extremo brutales, como la que se menciona a continuación: “Estoy con vosotros; dad firmeza a los que creen. Yo infundiré el terror en el corazón de los incrédulos. Golpeadles pues, en la parte superior de los cuellos, y golpeadles en las yemas de los dedos” (Corán, 8:13). Es importante destacar que, en el estudio analítico situado al pie de página, con respecto a la anterior sura, elabora: “La parte superior del cuello que está justamente debajo de la cabeza y se considera la más vulnerable para dar un golpe efectivo con la espada”. Nuevamente, con respecto a los incrédulos el profeta Mahoma declara: “Combatidlos hasta que cese la persecución y la religión sea totalmente para Alá” (Corán, 8:40). El lenguaje belicista del islam, que constantemente realiza un equivalente entre guerra física y guerra espiritual es el caldo de cultivo perfecto para la violencia y la guerra: para ver en todos lados enemigos, y en toda situación, la necesidad de la guerra. Esto es innegable cuando en la sura siguiente utiliza la palabra “matad”, en verbo imperativo: “Y cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los idólatras donde quiera que los encontréis, tomadlos como prisioneros, sitiadlos y permaneced a su espera, emboscadlos en cualquier lugar” (Corán, 9:5).
El lugar que tienen las mujeres en el mundo islámico se puede explicar fácilmente si uno lee cómo se expresa el Corán respecto de ellas. Exempli gratia o para muestra un botón: “Los hombres son superiores a las mujeres, porque Dios les ha otorgado preeminencia sobre ellas, y porque las dotan con sus bienes; las mujeres deben ser obedientes y guardar los secretos de sus esposos, pues el cielo les ha confiado su custodia. Los maridos que sufran la desobediencia de sus esposas, pueden castigarlas: dejarlas solas en sus lechos, hostigarlas” (Corán, 4:35) A continuación, el profeta declara que “la sumisión de las esposas debe ponerlas al abrigo de los malos tratos”, sin embargo, no se me ocurre cómo cumpliendo con la primera premisa, se pueda al mismo tiempo cumplir con la segunda. Este tipo de contradicciones abundan en el Corán, las cuales no son un camino a la convivencia pacífica, sino el subterfugio para justificar la violencia hacia las mujeres y las personas de otros orígenes étnicos y religiosos.
Es en Occidente, basado en la tradición cristiana, donde se ha logrado la emancipación de la mujer, donde esta puede tener su propiedad privada, puede establecer sus planes de vida, disponer de su cuerpo y apariencia y estudiar y ser profesional: al margen del mundo cristiano occidental, en las culturas islámicas, medio-orientales, así como en muchos lugares de oriente o Asia, la regla es, como dijo el profeta Mahoma, la sumisión de las esposas. Bien harían las feministas radicales en recordar esto: solamente en el Occidente cristiano existe la libertad para las mujeres.
Es en el Occidente cristiano, constituido a partir de la parábola del buen samaritano donde se da albergue, comida y protección a millones de emigrados de aquellas regiones de medio oriente donde, todavía, se asesinan entre musulmanes, disputándose la silla de Mahoma. Es en el Occidente cristiano donde se estudian otras culturas con vivo interés, buscando entender sus marcos de referencia, para que así, a través de la compresión, podamos establecer puentes de empatía con ellas. Esta empatía, sin embargo, podría ser eventualmente, suicida si acaso, empezamos a deplorar lo propio para glorificar lo ajeno, de forma irreflexiva y maniaca. Como explicó Allam Bloom, el sabio profesor universitario y crítico cultural en «La decadencia de la cultura»:
“Si los estudiantes realmente aprendieran algo de los espíritus de cualquiera de esas culturas no occidentales _ cosa que no ocurre _ se darían cuenta de que cada una de esas culturas es etnocéntrica. Todas ellas piensan que la suya es la mejor, y que todas las otras son inferiores. Sólo en las naciones occidentales, es decir, aquellas que han recibido la influencia de la filosofía griega, existe la disposición a dudar de la identificación de lo bueno con lo propio”.
El apóstol Pablo había dicho en su epístola a los tesalonicenses: “examinadlo todo, retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21). Es esta sustancial práctica de reflexión y deliberación a conciencia, fundamento del cristianismo, la que no existe en una religión como el islam basada en la sumisión y en el cumplimiento irreflexivo a mandatos imperativos, los cuales, si son desobedecidos, se castigan con la tortura o la muerte ¿Acaso el buen samaritano reflexionó y deliberó internamente para ayudar al hombre aquel caído en la desgracia de ser asaltado? Sí, fue una elección deliberada y a conciencia, pues “llegó cerca de él y, al verle, fue movido a misericordia”; más aún, lo anterior es evidente, cuando luego le cuidó toda la noche y pagó los gastos de hospedaje del mesón al día siguiente. Por ello Karl Popper, el preclaro filósofo de la ciencia, llegó a decir: «La doctrina de la autonomía ética es independiente de la religión, pero compatible con cualquier religión que respete la conciencia individual, y aún, quizás, necesaria». Popper luego nos recuerda, porque parece que lo hemos olvidado, que ha sido “…el cristianismo, que en oposición a todo tabuísmo, predica: “Habéis oído lo que ellos han venido diciendo desde antiguo….Pero yo os digo…”; contraponiendo permanentemente la voz de la conciencia a la mera obediencia formal y a la observancia de la ley”.
Gran parte de la crisis migratoria que enfrenta el Occidente cristiano se debe a que en el Corán no existe la parábola del buen samaritano. La distancia ética es insalvable, pues no existe moralidad alguna posible en una religión basada en la sumisión irreflexiva a mandatos imperativos, y es por ello que el islam establece el fundamento ideológico a una cultura que genera violencia hacia las mujeres y el asesinato de los forasteros e infieles, cayendo en esta segunda categoría, muchas veces, otros musulmanes. Frente a un Mahoma que les ordena a sus devotos que maten a los infieles donde los encuentren, se erige el magnánimo ejemplo de aquel Jesús, el Cristo, que enseñó, incansablemente, para el que tenga oídos:
Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos.
Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?
Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?
Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:43-48).





