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¿Nacemos libres o aprendemos a ser libres?

John Locke había declarado en su “Segundo Ensayo sobre el gobierno civil” que “el hombre nació con el derecho a la libertad para su persona” y posteriormente, la radical visión republicana de Rousseau redoblaría la apuesta llevado esa declaración al extremo, expresando en el inicio de su “Contrato social” que “el hombre nace libre”, con lo cual se terminó por consolidar el siguiente axioma político: los seres humanos nacen libres. Parece que va de suyo y que es una expresión obvia, que no puede someterse a discusión alguna, y, sin embargo, la pregunta es legítima: ¿nacemos realmente libres? o, ¿aprendemos a ser libres? 

El conservadurismo político, mucho más circunspecto y prudente, ha puesto en cuestión aquel axioma desde su aparición, destacando que la libertad política, así como la libertad personal, son conquistas sobre el carácter, y que la libertad va indisolublemente unida a la responsabilidad personal “¿Qué es la libertad sin virtud? El peor de todos los males”, decía el integrador del conservadurismo, a saber, Edmund Burke. Que la libertad civil requiere ciertas virtudes y actitudes, lo señala el mismo Burke cuando reprocha a los radicales franceses de la sanguinaria revolución que “abusaron de una libertad a la cual no estaban acostumbrados y para la cual no estaban preparados”. 

¿Si acaso nacemos libres, por qué los niños y adolescentes no se encuentran instantáneamente emancipados de sus padres? ¿Cuál sería la razón de aquella sujeción parental que somete a los niños al abrigo y arbitrio de sus padres? Locke, en su faceta más conservadora, ya respondía aquella inquietud asegurando que “conceder (a los niños) una libertad sin restricciones antes de que la razón los guíe, no es reconocer que el privilegio de la naturaleza los hizo libres, sino precipitarlos entre los hombres salvajes y abandonarlos a un estado tan despreciable e inferior a lo humano como ellos”. Entonces, podemos comprender que, sin el uso apropiado de la razón no hay libertad, sino un sucedáneo de baja estofa de la misma, un abuso de la libertad, el cual es despreciable e inferior a lo humano. Por ello quizás el susodicho Burke haya dicho: “me precio de amar una libertad viril, moral y regulada” … “un espíritu de libertad racional”.

Una razón adicional, que no agota este asunto del supuesto nacimiento en libertad de los seres humanos, es que, si la libertad supone el dominio de la voluntad sobre los instintos, tal y como supone, ya que ninguna persona razonable llamaría libre a alguien esclavizado por sus pasiones, entonces, es imposible que nazcamos libres, debido a que en aquel momento primero de nuestra infancia vivimos totalmente sometidos por el imperio de nuestras pasiones, emociones e instintos. Esto nos acerca a una refutación del axioma de Rousseau, de que supuestamente nacemos libres, lo cual constituye simplemente una mentira política con buena propaganda; pues la libertad demanda de nosotros responsabilidad personal, y ningún neonato, niño, incluso ningún adolescente, pueden responder plenamente por sus actos en sociedad. Y sin responsabilidad, va de suyo, que no hay libertad. 

El filósofo conservador Roger Scruton resume este asunto político en lo que él denomina la falacia de los nacidos en libertad, declarando que:

“No nacemos libres: la libertad es algo que obtenemos. Y la obtenemos mediante la obediencia. Solo el niño que ha aprendido a respetar y a tratar con deferencia a los otros puede respetarse a sí mismo. Ese niño es el que ha internalizado las reglas, las costumbres y las leyes que delimitaban las fronteras del mundo público. Los niños egoístas que ignoran esas fronteras son muy comunes en el mundo público, pero no tienen conciencia de que el mundo es público, un lugar compartido con otros y que conseguir su respeto y su afecto es el premio a un buen comportamiento. No son libres en este mundo y los obstáculos que otros ponen en su camino son una fuente de rabia y alienación. Los niños bien educados han adoptado como propias las restricciones que posibilitan la libertad y esta libertad es inseparable de la importancia que el espacio público y el respeto tienen para que se puedan desarrollar sus propios proyectos y objetivos”.

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