Paraguay tiene energía abundante y competitiva y, por tanto, parece lógico atraer inversiones vinculadas con centros de datos e inteligencia artificial.
Pero esa es solamente la mitad de la cuestión. La otra es más importante: ¿qué obtiene el país a cambio de comprometer grandes bloques de energía durante años o décadas?
El Data Centre Atlas 2026 de Knight Frank Research ayuda a dimensionar el problema. El informe estima en USD 1,95 billones el valor del mercado mundial estabilizado de centros de datos y proyecta 48 GW adicionales entre 2026 y 2029. La capacidad específicamente vinculada con inteligencia artificial pasaría de aproximadamente 8 GW a 27 GW.¹
No falta capital ni demanda. Lo que comienza a escasear es energía disponible, capacidad de transmisión y posibilidad de conectar nuevos proyectos a tiempo. Allí aparece Paraguay.
Cuando la energía se convierte en el activo escaso
Knight Frank muestra que los grandes mercados tecnológicos están encontrando límites físicos. En algunas zonas de Londres una conexión eléctrica puede demorarse entre cinco y más de diez años. Tokio enfrenta plazos similares pese a compromisos de inversión de más de USD 43.000 millones. En España, más del 80 % de los nodos de transmisión y distribución se encontraban plenamente utilizados según los datos recogidos por el informe.¹
La economía digital, aparentemente intangible, depende de infraestructura absolutamente material: territorio, líneas, subestaciones, fibra óptica, refrigeración y electricidad.
La nube necesita territorio. La inteligencia artificial necesita megavatios.
Irlanda permite observar la magnitud del fenómeno. Los centros de datos representaron alrededor del 23 % del consumo eléctrico nacional en 2025, con proyecciones cercanas a un tercio en 2026. Determinados nuevos grandes usuarios deben incluso acompañar sus conexiones con generación propia o próxima.¹
Mientras otros países deben producir nueva energía para recibir estas inversiones, Paraguay parte de una ventaja hidroeléctrica excepcional. Pero una ventaja no es una garantía.
La energía paraguaya tampoco es infinita
El consumo eléctrico nacional alcanzó 29.419 GWh en 2025, 12,5 % más que el año anterior. La demanda máxima llegó a 5.280 MW.² En enero de 2026 se registró un nuevo récord de 5.752 MW, y al cierre de mayo el consumo acumulado había aumentado 19,4 % interanual.³
La propia ANDE proyecta para 2043 aproximadamente 11.009 MW de potencia y 57.561 GWh anuales.⁴
La conclusión es sencilla: la disponibilidad energética actual tiene un horizonte. Cada megavatio comprometido durante años deja de estar disponible para otro uso y puede exigir nuevas líneas, subestaciones e inversiones.
Por eso la pregunta estratégica no debería ser cuánto excedente posee hoy Paraguay, sino qué actividades queremos construir con esa energía y cuánto valor permanecerá en el país.
Y la decisión ya comenzó. La ANDE creó el Grupo de Consumo Intensivo Especial, que reúne procesamiento y almacenamiento de datos, minería de criptoactivos, blockchain, tokens y data centers. En 2025 registró 47 usuarios con aproximadamente 5.465 GWh de consumo facturado.⁴
El dato es significativo, pero también revela un problema: actividades muy diferentes aparecen dentro de una misma categoría. No podemos saber, a partir de esa cifra agregada, cuánto corresponde a criptominería, cuánto a centros de datos y cuánto a infraestructura de inteligencia artificial. Eléctricamente pueden parecer semejantes. Económicamente no lo son.
No todo megavatio produce el mismo valor
Una operación de criptominería puede invertir, consumir energía y pagar una tarifa. Un centro de datos incorpora además infraestructura especializada, seguridad, refrigeración y conectividad. Una región de nube presta servicios a empresas e instituciones. Y una infraestructura de inteligencia artificial o computación de alto rendimiento puede sumar GPUs, investigación, entrenamiento e inferencia de modelos y exportación de capacidad de cómputo.
Todos consumen electricidad. Pero no todos construyen la misma cadena de valor.
Por ello, evaluar estas inversiones solamente por el precio del kilovatio-hora resulta insuficiente. También importa cuánto capital permanece instalado, qué infraestructura se construye, qué conectividad se desarrolla, qué servicios se exportan, qué conocimiento se incorpora y qué parte de la infraestructura energética requerida financia el inversor.
Utilizar electricidad no equivale necesariamente a industrializar.
Paraguay ya ofrece algunos indicios de esa transición. En 2026, HIVE Digital Technologies informó ante la Securities and Exchange Commission de Estados Unidos sobre nodos de GPU instalados en Asunción y utilizados remotamente por investigadores de Columbia University en trabajos vinculados con modelos de lenguaje e inteligencia artificial.⁵ El producto exportado en ese caso ya no era solamente electricidad: era capacidad de procesamiento instalada en Paraguay.
Paralelamente, el MITIC informó que Paraguay y Taiwán proyectaban un Centro de Cómputo de Inteligencia Artificial Soberana, con una primera fase de 10 MW y una inversión estimada entre USD 300 y 500 millones.⁶
Ambos casos son diferentes, pero plantean la misma cuestión: no basta con encontrar quién consuma nuestra energía; importa qué puede construirse alrededor de ella.
La energía abre la puerta; el ecosistema decide
El caso de Finlandia es ilustrativo. Knight Frank la identifica entre los mercados europeos mejor posicionados para infraestructura de inteligencia artificial por su energía competitiva y sus condiciones naturales, pero también por su capacidad en ciberseguridad, conectividad, infraestructura tecnológica y preparación institucional.¹
La enseñanza para Paraguay es clara. La electricidad barata puede atraer una inversión. Para retenerla se necesitarán transmisión, subestaciones, fibra redundante, conectividad internacional, seguridad digital, territorio disponible y reglas previsibles.
La estabilidad regulatoria también forma parte de esa infraestructura. Durante 2026 Paraguay ensayó un régimen para las denominadas industrias convergentes, incluyendo centros de procesamiento de datos e inteligencia artificial. Posteriormente, el Poder Ejecutivo dejó sin efecto varios de los decretos correspondientes y anunció una revisión del esquema.⁷
Eso no significa que la estrategia haya sido abandonada. Sí indica que todavía está en construcción. Para inversiones pensadas a veinte o treinta años, esa previsibilidad importa tanto como el precio inicial de la electricidad.
Monetizar o capitalizar la energía
La Ley N.º 7599/2025 reconoce la figura del Gran Consumidor, a partir de una demanda máxima igual o superior a 30 MW, y permite dentro de su régimen el abastecimiento mediante generación privada proveniente de fuentes renovables no convencionales no hidráulicas.⁸
Por tanto, la llegada de grandes consumidores digitales no debería concebirse exclusivamente como una carrera por repartir la generación hidroeléctrica actualmente disponible. También puede servir para impulsar nueva generación e infraestructura financiada en parte por la propia demanda que pretende instalarse.
La alternativa no es industria tradicional contra centros de datos, ni exportación de electricidad contra consumo interno. La pregunta es qué combinación de usos genera mayor valor para Paraguay sin comprometer irresponsablemente su disponibilidad futura de energía.
La tarifa debe responder a criterios técnicos y económicos transparentes. Si el Estado decide otorgar incentivos por razones tecnológicas o estratégicas, estos deberían ser explícitos, medibles y vinculados a resultados. De lo contrario, una política de industrialización podría terminar trasladando el valor de la energía nacional hacia determinados consumidores privados.
Durante décadas discutimos cuánta energía producir, cuánto retirar de las binacionales y a qué precio venderla. La economía digital introduce una pregunta diferente.
Un megavatio puede exportarse como electricidad. Puede alimentar una industria. Puede transformar materias primas. Puede prestar servicios digitales o entrenar un modelo de inteligencia artificial.
La energía es la misma. Lo que cambia es el valor construido alrededor de ella.
Los grandes mercados digitales enfrentan crecientes dificultades para encontrar energía, territorio y conexiones. Paraguay todavía posee una ventaja singular, pero el crecimiento de su propia demanda demuestra que esa ventana no permanecerá abierta indefinidamente.
Podemos limitarnos a monetizar electricidad mientras exista disponibilidad. O podemos utilizarla para construir infraestructura, tecnología, conectividad y capacidad productiva.
El Data Centre Atlas 2026 describe un mundo en el que los megavatios comienzan a determinar dónde puede crecer la inteligencia artificial. Paraguay posee parte de aquello que ese mundo busca.
La pregunta, entonces, no es cuántos centros de datos podemos atraer.
Es otra: ¿cómo evitar que dentro de veinte años descubramos que tuvimos la energía, tuvimos el territorio y tuvimos la oportunidad, pero el verdadero valor se produjo en otra parte?





