La tragedia migratoria del Ceuta en España nos recuerda cuán frágiles son nuestras comunidades locales ante la incursión masiva de extraños, ajenos a nuestra lengua, costumbres, religión e instituciones. Los seres humanos evolucionamos con un sesgo anti-extranjeros, el cual inserto en nuestro hardcore, posee una función de supervivencia, pues la confianza es el poderoso adhesivo social que cohesiona nuestras comunidades. La confianza no se logra de un día para otro, sino que surge, espontáneamente, debido al contacto prolongado entre personas que adquieren, mediante trabajo, sacrificio y buenos oficios mutuos, un compromiso con el lugar en el que se encuentran. No es algo que pueda fabricarse artificialmente en las usinas propagandísticas de los ingenieros sociales ni que pueda adquirirse crematísticamente en una transacción comercial en el mercado. Sin confianza no surge una identidad en un grupo social, condición sin la cual el colectivo no puede desarrollar aquel “nosotros” imprescindible para el inicio de una historia en común ¿Recuerda usted aquel entrañable “Nosotros, el pueblo, de la declaración de la independencia norteamericana? Cuando yo digo nosotros estoy indicando que usted y yo participamos de una historia en común ¿Sin historia en común qué somos? Como moscas en el verano, diría Edmund Burke. No es innecesario recordar que las guerras civiles surgen en contextos donde no existe una historia común que nos una, que nos permita experimentar aquella trascendental experiencia del “nosotros”. En donde dos grupos humanos coexisten, atesorando visiones enfrentadas del pasado reciente, no tarda en llegar la violencia. Allí la coexistencia no es igual a convivencia: es la antesala del enfrentamiento.
La incursión violenta de elementos humanos extraños, como lo sucedido en Ceuta, se siente como una invasión a los lugares comunes que materializan la historia de una comunidad, nuestras calles, plazas y vecindarios. Los seres humanos, como los animales, en general; y como los mamíferos, en particular, desarrollamos un sentido de querencia, un particular afecto a los espacios comunes de nuestras vivencias colectivas, afecto que se materializa en cierta territorialidad, cuya expresión más civilizada se observa en el respeto a la propiedad y en el cuidado del espacio público. Las hembras humanas, especialmente las mujeres, sufren con particular ansiedad las incursiones violentas de contingentes migratorios debido a que el territorio, definido en los términos de la etología, es el espacio vital de caza y crianza. En otras palabras, un atropello migratorio como el vivido en Ceuta, España, se interpreta como un riesgo inminente a la supervivencia de los hijos, lo cual enciende nuestras alarmas evolutivas más primarias.
Los hombres, en general, el macho humano, suele ser competitivo por naturaleza y la llegada repentina de miles de sus congéneres, sus iguales evolutivos, plantea una lucha por la subsistencia. En esta contienda no será infrecuente que los machos menos entrenados en la violencia sucumban ante los que tienen más experiencia en ella, por obvias razones, estableciéndose así un deterioro civilizatorio, donde los grupos sociales más perjudicados, finalmente, serán las mujeres y los niños. España es la prueba viva de que la barbarie puede instalarse frente a una mayoría de hombres impávidos que han olvidado que la civilización es una conquista de los más hábiles en la violencia y que no se puede lograr el entendimiento con humanos pre-civilizados apelando a bonitos talleres de nuevas masculinidades. Cuando un león nuevo llega a una manada de leones y logra asesinar al león dominante, posteriormente, se devora a todos los cachorros, porque, para bien o para mal, los genes son egoístas. El que quiere entender sabrá entender, y el que no, se enterará cuando ya no importe.





