Hay una pregunta que Paraguay debería empezar a hacerse sin complejos: ¿por qué cada vez que el país plantea aprovechar sus recursos naturales para generar riqueza aparecen voces que pretenden convencernos de que desarrollarnos es una amenaza?
Mientras especialistas en energía, producción e infraestructura se muestran favorables y discuten cómo explotar los recursos disponibles de manera responsable, sostenible y técnicamente viable, en las redes sociales proliferan opiniones de personas cuya principal credencial parece ser tener un micrófono, una cámara y miles de seguidores.
No se trata de descalificar a nadie por ser influencer ni de convertir el conocimiento técnico en una verdad incuestionable. Se trata de algo mucho más básico: una decisión estratégica sobre el futuro energético y económico del país no puede definirse a partir de consignas virales.
Mucho menos cuando determinados argumentos aparecen repetidos palabra por palabra en campañas promovidas por organizaciones que reciben financiamiento y respaldo desde el exterior.
Ninguna de las grandes economías del mundo llegó a su actual nivel de desarrollo renunciando sistemáticamente a sus recursos naturales. Estados Unidos utilizó carbón, petróleo, gas, minerales y una enorme capacidad hidroeléctrica para construir su industria. Europa explotó durante décadas sus recursos para financiar su transformación económica. Noruega convirtió sus hidrocarburos en un fondo soberano gigantesco. Australia, Canadá y otros países desarrollados hicieron de sus recursos naturales una plataforma para generar industrias, infraestructura, empleo y conocimiento.
El problema no es utilizar los recursos. El problema es utilizarlos mal. La discusión seria, entonces, no debería ser “recursos naturales sí o no”. Debería ser:
¿Cómo los explotamos para que Paraguay gane soberanía, genere empleo, aumente su capacidad industrial y preserve el ambiente?
Esa es una discusión mucho más difícil que repetir que toda explotación es mala. Porque explotación responsable no significa depredación, significa regulación, controles ambientales, tecnología, fiscalización, transparencia y planificación estatal.
También conviene hacerse otra pregunta. ¿Por qué determinados sectores parecen sentirse cómodos cuando Paraguay exporta materias primas o energía barata, pero inmediatamente aparecen advertencias cuando se habla de utilizar esos recursos para impulsar una industria propia?
Un país que vende recursos sin desarrollar cadenas de valor permanece dependiente.Un país que transforma sus recursos en industria, tecnología, infraestructura y conocimiento comienza a construir soberanía. Y ahí está el verdadero debate.
Paraguay posee una posición estratégica, abundante energía eléctrica, recursos naturales, tierras productivas y una ubicación privilegiada en el corazón de Sudamérica. La pregunta no debería ser cómo limitar esas ventajas, sino cómo convertirlas en desarrollo para los paraguayos.
La protección ambiental es necesaria. Pero una cosa es defender estándares ambientales rigurosos y otra muy diferente es convertir cualquier proyecto productivo en una amenaza por definición.
Si una explotación cumple las normas, utiliza tecnología adecuada, reduce impactos y genera beneficios económicos para la población, oponerse automáticamente no es una política ambiental: es una postura ideológica. Y el mismo criterio debería aplicarse a todos.
No podemos exigirle a Paraguay que sea responsable con el ambiente mientras se le niega la posibilidad de desarrollar infraestructura, industrializar su producción y aprovechar sus ventajas competitivas.
Los países que hoy dictan buena parte de las reglas ambientales globales se desarrollaron utilizando intensivamente sus recursos. Después, cuando alcanzaron niveles elevados de riqueza, pudieron invertir enormes cantidades en tecnologías más limpias.
Pretender que los países del Sur salten directamente al último capítulo de esa historia, sin atravesar las etapas de acumulación, industrialización y desarrollo, puede terminar funcionando como una nueva forma de dependencia.
Paraguay necesita técnicos, no gurúes
El debate energético y productivo merece algo más que consignas. Necesita ingenieros, geólogos, economistas, especialistas ambientales, investigadores, empresarios y funcionarios capaces de discutir números, riesgos, beneficios y alternativas.
Los políticos tienen derecho a opinar, los “influencers” también, pero ninguna cantidad de seguidores reemplaza una evaluación técnica. Y ningún eslogan puede sustituir una política de Estado.
Paraguay no necesita elegir entre desarrollo y ambiente. Paraguay ya ha demostrado que puede crecer gestionando adecuadamente el crecimiento económico en equilibrio con el cuidado ambiental, con uno de los sistemas productivos más sostenibles del mundo, y con más del 40 % de su superficie con su cobertura original.
Conservar los recursos indefinidamente bajo tierra no genera automáticamente bienestar y, mucho menos, genera soberanía.
Lo que genera desarrollo es la capacidad de un país para decidir qué hacer con sus recursos, bajo qué condiciones, con qué tecnología, con qué controles y, sobre todo, para beneficio de quién.
La verdadera pregunta, entonces, no es solamente por qué algunos se oponen a determinados proyectos. La pregunta es mucho más profunda:
¿Por qué deberíamos aceptar que Paraguay permanezca pobre para que otros puedan considerarse desarrollados?
El Sur no necesita permiso para desarrollarse, necesita soberanía para decidir cómo hacerlo.





