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No hay derechos humanos a medias ni homenajes que puedan mirar hacia otro lado

Hay una contradicción que Paraguay debería resolver. Mientras defendemos la democracia, denunciamos las dictaduras y reclamamos respeto por los derechos humanos en países como Cuba, mantenemos en nuestras propias calles el homenaje a una figura cuya trayectoria revolucionaria está vinculada con ejecuciones, juicios sumarios y una concepción política en la que la vida y las garantías individuales podían quedar subordinadas a la revolución.

La discusión no es meramente nominal. En Asunción existe una calle que lleva el nombre de Ernesto (“Che”) Guevara, en el barrio Ita Enramada. Y aunque el cambio de esa denominación ya fue planteado formalmente ante la Municipalidad y la Junta Municipal, incluso con pedidos para sustituirla por otro nombre, la cuestión sigue siendo una deuda pendiente. Documentos municipales registran que vecinos solicitaron el cambio y que en 2022 se volvió a plantear formalmente la sustitución de la denominación.

La pregunta que corresponde hacerse es sencilla: ¿qué mensaje transmite una democracia cuando dedica una calle a una persona vinculada a una experiencia política que hoy cuestionamos precisamente por su falta de libertades?

Faro ha señalado recientemente que Paraguay no debería normalizar la dictadura cubana. No porque la política exterior deba construirse sobre odios ideológicos, sino porque los principios democráticos pierden sentido si se aplican selectivamente. Cuba continúa siendo señalada por la existencia de presos políticos y de conciencia, mientras los informes recientes muestran un profundo deterioro de las condiciones sociales y un rechazo mayoritario a la gestión del régimen.

El IX Estudio sobre Derechos Sociales en Cuba, citado por Faro, expone un escenario particularmente grave: 94% de los hogares en situación de pobreza extrema, 95% de desaprobación de la gestión gubernamental y una mayoría del 76% que reclama cambios tanto políticos como económicos. No se trata solamente de indicadores económicos. Detrás de ellos existe una sociedad que reclama mejores condiciones de vida y transformaciones profundas.

En ese contexto, resulta todavía más difícil separar al símbolo del proyecto político que representa. El Che Guevara fue convertido durante décadas en una imagen mundial de rebeldía, juventud y revolución. Su rostro terminó estampado en camisetas, banderas y afiches, muchas veces despojado de la historia concreta de violencia política que también forma parte de su legado.

En enero de 1959, tras el triunfo de la Revolución cubana, Guevara quedó al frente de la fortaleza de La Cabaña, donde se desarrollaron procesos y ejecuciones contra personas acusadas de colaborar con el régimen de Fulgencio Batista. Las cifras sobre las ejecuciones atribuibles directamente a su jurisdicción varían según las fuentes y los criterios utilizados, pero existe documentación histórica que sitúa el número en decenas y otras investigaciones en más de un centenar. El punto fundamental, más allá de la disputa sobre las cifras, es que los procesos estuvieron marcados por cuestionamientos al debido proceso y por la utilización de la pena de muerte como instrumento revolucionario.

No hace falta convertir esta discusión en una guerra ideológica ni desconocer los crímenes cometidos durante la dictadura de Batista para reconocerlo. Una violación de los derechos humanos no deja de serlo porque haya sido cometida en nombre de una revolución, de una causa política o de la lucha contra otra dictadura.

Ese debería ser precisamente el punto de partida de una sociedad democrática.

Paraguay conoce demasiado bien el costo de relativizar las libertades. Por eso resulta incoherente denunciar la represión de opositores cubanos, reclamar democracia para Cuba y, simultáneamente, mantener homenajes públicos que glorifican a uno de los principales protagonistas de aquella revolución sin siquiera abrir una discusión seria sobre su legado.

Cambiar el nombre de una calle no significa borrar la historia. Todo lo contrario. La historia se conserva cuando se estudia, se debate y se recuerda con todas sus dimensiones. Una calle, en cambio, constituye un homenaje. Y una democracia tiene derecho a decidir a quién quiere homenajear en sus espacios públicos.

La cuestión, entonces, no debería ser si Guevara fue una figura importante. Lo fue. Tampoco si tuvo millones de admiradores. Los tuvo. La pregunta es si una persona asociada con ejecuciones y con una concepción política que subordinó derechos individuales a los objetivos revolucionarios debe recibir, en la capital de una República democrática, el honor simbólico de una calle. La respuesta es no.

Asunción puede reconocer a científicos, artistas, educadores, trabajadores, héroes civiles, defensores de la libertad o paraguayos que hayan contribuido a construir una sociedad mejor. No existe ninguna necesidad de mantener un homenaje que contradice los valores que Paraguay dice defender.

Si reclamamos que Cuba respete los derechos humanos, debemos empezar por entender que esos derechos no admiten excepciones ideológicas. No son patrimonio de la izquierda ni de la derecha. No dependen de quién sea la víctima ni de quién empuñe el poder. Y tampoco pueden ser relativizados cuando el protagonista lleva una imagen romántica estampada en una camiseta.

La calle Ernesto Guevara no cambia la historia de Cuba. Pero su nombre sí dice algo sobre nosotros.

Y si Paraguay quiere ser coherente cuando habla de democracia, libertad y derechos humanos, quizás haya llegado el momento de que Asunción deje de homenajear al Che y elija para esa calle un nombre que represente precisamente aquello que su legado político terminó cuestionando: la libertad, la dignidad y el derecho de cada persona a vivir sin que una causa política pueda decidir cuánto vale su vida.

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