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Religión y política: asuntos separados ¿Seguro?

Usualmente el progresista promedio recita, irreflexivamente, como un mantra, el slogan “Religión y Estado, asuntos separados”, dando a entender que se debe expulsar cualquier concepto religioso de todo debate político o que grupos de cristianos organizados no pueden dar a conocer sus posturas respecto de asuntos de orden público. La realidad es que, en Paraguay, como en muchos otros países, es difícil separar el aspecto trascendental de lo político debido a que, en nuestra constitución nacional, en el mismo preámbulo de la Carta Magna, declara que “invoca a Dios”. Pero, además, ¿puede acaso el sistema jurídico de cualquier nación occidental del mundo civilizado prescindir de la influencia de los diez mandamientos o de la moral cristiana, incluida la parábola del buen samaritano, a la hora de llevar adelante la tarea práctica de impartir justicia o realizar política? No, no puede. El código mosaico o la moral cristiana impregnan los sistemas jurídicos de todo occidente, animan e insuflan el espíritu de sus leyes. Entonces, los progresistas deberían pensarlo muy bien cuando pretenden silenciar a los cristianos en el debate político o denostar conceptos con carga judeocristiana en la discusión jurídica porque, sin desearlo, podrían estar perjudicándose a sí mismos más de lo que sospechan. Si acaso, repentinamente, quitáramos la cultura judeocristiana a las leyes, volveríamos inmediatamente a la ley de la selva.

¿Existiría la igualdad ante la ley sin la igualdad moral que subyace a la doctrina de la paternidad de Dios y la fraternidad de todos los hombres? No ¿Sin el concepto de expiación o redención podría un hombre conmutar su pena y salir en libertad luego de sufrir una condena por un delito? No ¿Qué nos queda si le quitamos al derecho la división entre derecho positivo y derecho natural, este último fundado en la idea de que existe una ley moral superior y trascendente que anima toda legislación escrita? No queda nada, solo la arbitrariedad misma. Todo el sistema jurídico occidental no es más que una nota al pie de página de los Diez mandamientos y todo veredicto de nuestros juzgados modernos puede considerarse solamente una extensión de la ley de oro del cristianismo: no hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti. Naturalmente, los odiadores del cristianismo en la cultura no reparan en lo afortunados que pueden considerarse de no estar haciendo política en medio oriente o estar siendo juzgados en una cultura de Asia. Una vez le pregunté a una querida hermana de la Iglesia _llamada Claudia Aispurúa_ por qué, luego de profesar el budismo por muchos años, se unió a una fe cristiana. Me dijo que en una época de crisis personal le había preguntado a su maestro budista si sus actuales acciones influirían en su condición en su vida posterior; a lo cual el anciano respondió, gentilmente, que sí, que si ella actuaba mal en esta vida eso causaría proporcional e inevitablemente una condición de menos bienestar en la siguiente reencarnación, y que a eso se le llamaba Karma. Ella quedó en silencio lo que le pareció ser una eternidad y reflexiva objetó, casi con un susurro ¿Y el perdón? Entonces, aquel hombre de túnicas anaranjadas y aspecto sereno le respondió: el perdón no existe.

Para los progresistas que se quejan del peso cultural del cristianismo en la política o en la justicia occidentales les pregunto, a modo de hincapié ¿Qué instituciones judiciales y políticas inspiraría una cultura basada en una religión donde no exista el perdón? Si quieren un ejemplo pueden fijarse en China, con sus campos de concentración uigures, su comunismo de vigilancia digital, su gobierno de partido único y el asesinato de disidentes políticos. Todos los progresistas braman, a boca de jarro, admirar el régimen chino, pero no les veo haciendo política allá. Eso es suficiente para mí como una respuesta a mi pregunta.

El perdón es quizás el legado más importante del cristianismo, a la política y al orden judicial, de este milagro sociológico que llamamos Occidente. En las palabras del filósofo conservador más importante de siglo XX, sir Roger Scruton:

“Nuestra civilización tiene sus raíces en el cristianismo […] La confesión y el perdón son los hábitos que hicieron posible nuestra civilización[…] Hemos heredado de esas fuentes religiosas la cultura que nos permite confesar nuestras faltas, compensar a nuestras víctimas y obligarnos unos a otros a rendir cuentas en todo aquello en lo que nuestra conducta pueda perjudicar a aquellos que tienen motivos para confiar en nosotros”.

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