En tiempos donde predomina el individualismo y la competencia parece marcar el rumbo de la economía mundial, Paraguay cuenta con un modelo que ha demostrado, durante décadas, que el desarrollo también puede construirse desde la solidaridad, la confianza y el esfuerzo compartido. Ese modelo es el cooperativismo.
Cada primer sábado de julio, el país celebra el Día Nacional del Cooperativismo, una fecha que trasciende una simple conmemoración. Es el reconocimiento a un movimiento que hoy reúne a cerca de 2,3 millones de paraguayos, es decir, prácticamente uno de cada tres habitantes, una cifra que posiciona a Paraguay entre las naciones con mayor participación cooperativa de América Latina.
Pocas organizaciones tienen una presencia tan profunda en la vida cotidiana de los paraguayos. Las cooperativas financian viviendas, acompañan a pequeños emprendedores, sostienen la producción agropecuaria, generan empleo, promueven la educación financiera y ofrecen oportunidades allí donde muchas veces el Estado o el sistema financiero tradicional no llegan.
Su impacto económico también resulta contundente. El sector administra alrededor del 17% de los activos del sistema financiero nacional, movilizando miles de millones de dólares que se traducen en créditos, inversiones y desarrollo para las familias y las empresas paraguayas.
En ese contexto, el cooperativismo de ahorro y crédito desempeña un papel fundamental como herramienta de inclusión financiera y desarrollo social. A través de un modelo basado en la ayuda mutua y la solidaridad, facilita el acceso al crédito a miles de familias, pequeños emprendedores y trabajadores que, en muchos casos, encuentran dificultades para acceder al sistema financiero tradicional. Al mismo tiempo, constituye un instrumento eficaz para combatir la usura, ofreciendo alternativas de financiamiento en condiciones más justas, mientras fomenta entre sus asociados el hábito del ahorro previsor, promoviendo una cultura de planificación y responsabilidad financiera que fortalece el bienestar presente y futuro de las personas.
Pero si existe un lugar donde el cooperativismo demuestra toda su fortaleza es en el campo.
Gran parte de la riqueza que Paraguay exporta al mundo nace del trabajo organizado de las cooperativas agropecuarias. Soja, maíz, trigo, arroz, leche, carne y otros productos que hoy posicionan al país entre los principales exportadores de alimentos del planeta tienen detrás a miles de productores que encontraron en el cooperativismo una herramienta para crecer.
Las cooperativas de producción no solamente comercializan granos o carne. Invierten en tecnología, investigación, asistencia técnica, silos, frigoríficos, industrias, infraestructura vial y capacitación permanente para sus asociados. Gracias a este modelo, pequeños y medianos productores pueden acceder a mercados internacionales, mejorar su productividad y agregar valor a sus productos, fortaleciendo al mismo tiempo las economías regionales.
En muchos distritos del interior, la cooperativa no es únicamente una institución financiera o productiva. Es una fuente de empleo, un centro de formación, un espacio de integración comunitaria y uno de los principales motores del desarrollo local.
Por eso, hablar del cooperativismo paraguayo es hablar de producción, pero también de inclusión. Es hablar de miles de familias que encontraron en la ayuda mutua un camino para progresar sin renunciar a los valores de la solidaridad y la participación democrática.
El desafío hacia el futuro será mantener esa esencia mientras el país enfrenta nuevas exigencias: mayor competitividad, innovación tecnológica y apertura a nuevos mercados internacionales.
El cooperativismo paraguayo ha demostrado que es posible crecer sin dejar a nadie atrás. Esa quizá sea su mayor fortaleza y también la enseñanza más valiosa que ofrece en una época donde muchas veces se confunde desarrollo con concentración de riqueza.
Hoy, en el Día Nacional del Cooperativismo, este homenaje de FARO no es únicamente para las instituciones. Es para los millones de paraguayos que todos los días comprueban que cuando el trabajo, la confianza y el compromiso se ponen en común, el progreso deja de ser un objetivo individual para convertirse en una conquista colectiva.





