Por momentos, pareciera que una parte del ambientalismo contemporáneo ha dejado de observar la naturaleza para comenzar a imaginarla. La diferencia no es menor. Observar la naturaleza implica comprender que existe un orden propio, complejo y muchas veces ajeno a los deseos humanos. Imaginarla, en cambio, consiste en proyectar sobre ella nuestras aspiraciones ideológicas y luego pretender que la realidad se adapte a esos diseños.
El reciente fracaso del programa español para recuperar al urogallo cantábrico es un ejemplo revelador. Tras invertir más de cinco millones de dólares en la cría y liberación de 30 ejemplares, las autoridades celebraban una nueva victoria de la ingeniería conservacionista. Sin embargo, apenas seis meses después, 29 de las 30 aves habían muerto. No fueron víctimas de cazadores furtivos ni de la contaminación industrial. Fueron devoradas por zorros, aves rapaces y otros depredadores naturales.
La naturaleza hizo lo que la naturaleza hace.
Y ahí radica la gran contradicción. Mientras algunos sectores sostienen que el hombre debe intervenir cada vez más para corregir los supuestos defectos del ecosistema, la realidad demuestra una y otra vez que los sistemas naturales poseen dinámicas propias que no responden a decretos, campañas ni presupuestos millonarios.
Lo ridículo del ambientalismo ideológico aparece precisamente cuando pretende sustituir la observación por el dogma. Se invierten millones para reintroducir una especie en un entorno donde los factores que determinan su supervivencia siguen intactos. Luego, cuando el resultado fracasa, el fracaso no lleva a cuestionar la teoría sino a reclamar más recursos, más controles y más intervención.
La experiencia española debería servir como advertencia para Paraguay.
Porque detrás de cada campaña ambiental existe una determinada visión filosófica sobre la relación entre el hombre y la naturaleza. Y esa misma visión es la que aparece recurrentemente en los debates nacionales sobre producción, industria y desarrollo.
El caso de los Médanos del Chaco resulta ilustrativo. Se trata de un área protegida creada para conservar ecosistemas únicos, proteger parte del acuífero Yrenda y preservar un corredor biológico considerado estratégico para la región. Diversas organizaciones ambientalistas nacionales e internacionales impulsaron campañas públicas para impedir modificaciones legales que permitieran actividades de exploración minera o hidrocarburífera dentro del parque. WWF-Paraguay y la Coalición Por Los Bosques fueron actores visibles de esa movilización pública.
Nadie discute que los Médanos poseen valor ecológico. Tampoco que constituyen una de las áreas protegidas más importantes del país, integrada además a la Reserva de Biosfera del Chaco y propuesta para su reconocimiento internacional.
La cuestión es otra.
La pregunta es si toda actividad económica debe quedar subordinada a una visión ambientalista cada vez más expansiva y, en muchos casos, promovida por organizaciones financiadas desde el exterior, con agendas que no siempre coinciden con las necesidades de desarrollo de Paraguay.
Porque existe una línea filosófica que conecta todos estos debates.
Es la misma lógica que considera que la actividad humana constituye una amenaza permanente para la naturaleza. La misma que ve al productor, al ganadero, al industrial o al curtidor como sospechosos permanentes. La misma que impulsa restricciones crecientes sobre el uso de la tierra, la producción y la infraestructura.
Desde esa perspectiva, el debate sobre los Médanos del Chaco deja de ser un caso aislado. Lo mismo ocurre con las discusiones sobre curtiembres, producción agropecuaria, aprovechamiento de recursos naturales o expansión industrial. Cada conflicto aparece presentado como una batalla entre la naturaleza y el desarrollo, cuando en realidad el desafío consiste en encontrar un equilibrio racional entre ambos.
El fracaso del urogallo español deja una enseñanza que trasciende a Europa. La naturaleza no es un laboratorio ideológico. No puede ser rediseñada a voluntad ni convertida en un argumento permanente para restringir la actividad humana.
Y si cinco millones de dólares no lograron convencer a un zorro de que dejara de cazar, quizás sea momento de recordar una verdad elemental: existen límites que ni el dinero, ni las ONG, ni las buenas intenciones pueden modificar.
La naturaleza tiene sus propias reglas. El problema comienza cuando algunos pretenden gobernarla desde una oficina.





