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Trata de personas: cuando el hambre, la falta de vivienda y la necesidad de afecto se convierten en herramientas de explotación

La trata de personas no siempre comienza con un secuestro ni ocurre en escenarios que fácilmente pueden identificarse como criminales. En Aurora, Colorado, investigadores especializados advierten que los traficantes están aprovechando necesidades básicas como comida, vivienda, dinero y afecto para someter y explotar a personas vulnerables, incluidos menores de edad.

La advertencia surge después del primer año de trabajo de la Unidad de Trata de Personas del Departamento de Policía de Aurora (APD), creada en septiembre de 2025. En sus primeros doce meses, la unidad abrió 53 investigaciones, detuvo a 28 sospechosos y logró poner a salvo a 29 supervivientes, entre ellos 15 menores.

Para el sargento Joseph Sullivan, responsable de la unidad, uno de los mayores desafíos consiste precisamente en reconocer que este delito puede estar ocurriendo mucho más cerca de lo que la comunidad imagina.

“Está ocurriendo en nuestro patio trasero, no solo en esos otros lugares”, señaló.

La definición utilizada por las autoridades estadounidenses contempla la trata como el uso de fuerza, fraude o coerción para obtener trabajo o actos sexuales comerciales. Pero, en la práctica, los mecanismos utilizados por los explotadores pueden ser mucho más difíciles de detectar.

Sullivan explicó que los traficantes identifican una necesidad y encuentran la manera de utilizarla para establecer control sobre la víctima. Puede tratarse de alguien que necesita un lugar donde dormir, comida, dinero o simplemente compañía y afecto.

Uno de los casos que más marcó al investigador fue el de una adolescente de 16 años trasladada hasta Aurora por su novio, quien posteriormente la abandonó. Sin recursos para sobrevivir, la menor terminó siendo explotada sexualmente por personas vinculadas a un complejo de apartamentos a cambio de comida, drogas o un lugar donde quedarse.

Durante una entrevista con los investigadores, la joven pidió que encontraran a quienes la estaban explotando.

Según recordó Sullivan, le dijo: “De verdad espero que puedas encontrar a las personas que hacen esto, porque realmente duele lo que tengo que hacer solo para sobrevivir”.

La adolescente murió de una sobredosis unos meses después.

El caso, dijo el sargento, refleja una de las mayores dificultades que enfrentan los investigadores: rescatar a una víctima no significa necesariamente que la persona pueda abandonar inmediatamente el círculo de explotación.

Los supervivientes pueden necesitar varios contactos con los investigadores, asistencia psicológica, alojamiento, alimentos y otros recursos antes de estar en condiciones de romper definitivamente con quienes ejercen control sobre ellos.

Por eso, la unidad de Aurora trabaja junto con funcionarios de servicios humanos, organizaciones sin fines de lucro y defensores de víctimas. Entre las organizaciones mencionadas por Sullivan se encuentra From Silence to Saved, que acompaña a las víctimas durante la investigación, los procesos judiciales y las etapas posteriores.

La estructura especializada también busca que los detectives puedan dedicar el tiempo necesario a investigaciones que suelen ser complejas y requieren reunir pruebas antes de avanzar contra los sospechosos.

La unidad cuenta actualmente con tres detectives y un sargento supervisor y concentra sus esfuerzos en casos de trata sexual que involucran a personas de hasta 21 años.

El comandante de la Oficina de Investigaciones del APD, Marc Paolino, sostuvo que el objetivo es colocar a los supervivientes en el centro de las investigaciones, al mismo tiempo que se persigue a quienes los explotan.

Entre los detenidos durante el primer año figura Marshae Wheelock, de 24 años, de Aurora, a quien la Policía vinculó con múltiples casos presuntamente relacionados con explotación de menores durante varios años.

En otro procedimiento, realizado en febrero mediante una operación encubierta, los investigadores recuperaron a una adolescente de 16 años y posteriormente identificaron a tres sospechosos acusados de explotarla sexualmente con fines económicos.

Sin embargo, Sullivan advierte que uno de los principales errores consiste en imaginar la trata únicamente como un delito asociado a secuestros o redes que capturan personas en la vía pública.

“Hay algún tipo de necesidad que un traficante identifica para explotar, y así es como entra”, explicó.

Y esa vulnerabilidad puede aparecer prácticamente en cualquier entorno.

El investigador relató también el caso de una estudiante de secundaria procedente de una familia acomodada cuya situación cambió después de que su madre sufriera una crisis médica incapacitante y su padre estuviera ausente. La adolescente desarrolló una adicción a las drogas y terminó siendo explotada por otra persona.

Para Sullivan, el caso demuestra que la vulnerabilidad no depende necesariamente de la situación económica de una familia.

“No hay límites sobre dónde vemos a las víctimas”, afirmó.

Las investigaciones tampoco se limitan a Aurora. Los detectives colaboran con otras agencias cuando las víctimas se desplazan entre diferentes estados y recurren a asociaciones locales, estatales y federales, además de recursos especializados del Grupo de Trabajo Colorado Cyber Guardian.

La unidad también mantiene vínculos con el equipo de Crímenes en Internet contra los Niños del departamento. Aunque ambos equipos investigan delitos diferentes, existen puntos de contacto, especialmente en casos de explotación sexual y delitos cometidos a través de internet.

Sullivan también destacó que su unidad no encontró hasta ahora una conexión entre los casos investigados y el grupo criminal Tren de Aragua, pese a las preguntas sobre una eventual participación de esa organización. El investigador insistió en que la trata afecta a personas de diferentes procedencias y contextos.

Para las familias, una de las principales recomendaciones es mantener una participación activa en la vida de los menores y prestar atención a sus actividades en internet.

Entre las señales que pueden despertar preocupación se encuentran dinero sin explicación, ropa nueva o manicuras pagadas por terceros, desapariciones durante un fin de semana o el regreso a casa con objetos que antes no tenían.

Pero los investigadores también enfrentan una dificultad adicional: no todas las víctimas se reconocen inmediatamente como víctimas.

Algunas investigaciones permanecen estancadas porque los supervivientes no están preparados para hablar o participar en un proceso penal. En esos casos, Sullivan sostiene que la persona igualmente puede buscar ayuda a través de organizaciones de asistencia, incluso sin presentar inicialmente una denuncia ante la Policía.

Al entrar en su segundo año, la unidad mantiene dos objetivos principales: identificar a quienes están siendo explotados y construir casos sólidos contra quienes se benefician de esa explotación.

Para Sullivan, el trabajo no termina con una detención. Si el traficante utilizó comida, vivienda, dinero, drogas o afecto para controlar a una víctima, esos mismos factores deben ser atendidos para que el superviviente pueda realmente salir de esa situación.

“Utilizar un grupo de personas para ayudar a identificar y cubrir esas necesidades es, en cierto modo, el objetivo y la clave para tener éxito”, sostuvo.

La experiencia de Aurora deja así una advertencia que trasciende sus fronteras: la trata de personas puede desarrollarse en cualquier comunidad y esconderse detrás de necesidades que, a simple vista, parecen tan comunes como buscar comida, un techo, dinero o alguien que ofrezca afecto.

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