Hay publicaciones que consiguen algo extraordinario: mirar una fotografía histórica y terminar encontrando al culpable en la fotografía.
Eso es, en esencia, lo que plantea El País al cuestionar la difusión de imágenes de mujeres afganas, bajo el argumento de que su utilización alimentaría la islamofobia.
Las imágenes no necesitan “fomentar” nada. Muestran una realidad histórica. Mujeres afganas estudiando, caminando por las calles, vistiendo según sus propias elecciones y participando de una sociedad que experimentaría una transformación radical después de la revolución.
El contraste no es una invención de quienes comparten las fotografías. Es precisamente la razón por la que esas imágenes tienen valor histórico.
Con la llegada de un régimen islámico aparecieron nuevas restricciones sobre la vida de las mujeres, desde la vestimenta obligatoria hasta limitaciones en distintos ámbitos de su vida social y jurídica. Comparar el antes y el después permite discutir qué derechos fueron restringidos y cómo cambió la posición de las mujeres dentro de la sociedad afgana.
Pero parece que hay que tener cuidado: si mostramos a una mujer disfrutando de libertades que posteriormente perdió, podríamos estar siendo islamófobos.
Quizás la solución más sencilla sería no mostrar las fotografías. Después de todo, si nadie ve el contraste, nadie hace preguntas. El problema es que la historia no funciona así.
Criticar determinadas políticas, prácticas o interpretaciones religiosas que restringen los derechos de las mujeres no equivale a odiar a quienes profesan el islam. Meter todo en el mismo saco puede ser una manera bastante cómoda de evitar una discusión incómoda.
Porque una fotografía de mujeres libres no es propaganda. Es una fotografía de mujeres libres. Y si el contraste con lo que ocurrió después resulta incómodo, quizá el problema no esté en quien publica la imagen.





