El senador del Partido Liberal Radical Auténtico, Eduardo Nakayama, quien busca conquistar al electorado conservador de cara a las elecciones presidenciales de 2028, parece empeñado en caminar en dirección contraria a sus aspiraciones. Cada vez que tiene oportunidad, se ubica en la vereda de la izquierda política, estrecha vínculos con Rafael Filizzola y Esperanza Martínez y deja señales que difícilmente pasan inadvertidas para quienes esperan de él una representación liberal y conservadora.
La última muestra quedó expuesta en unos chats de WhatsApp de senadores que se filtraron, a pocos días de la presentación de la iniciativa popular “La ideología de género es abuso infantil”, respaldada por más de 50.000 paraguayos. Lejos de asumir una posición seria frente a una propuesta que movilizó a miles de ciudadanos, Nakayama optó por la burla y la ironía, en compañía de referentes del sector progresista.
Todo comenzó cuando Rafael Filizzola compartió una invitación a una charla sobre derecho parlamentario, a cargo del decano de Derecho de la Universidad de Bologna. La respuesta de Nakayama fue preguntar, en tono irónico, si no se trataba de un “curso de hormonización”. La senadora Esperanza Martínez se sumó al intercambio con otra expresión burlona, al referirse al supuesto curso sobre “cómo transformar un niño en gay, en 3 pasos”.
Los mensajes retratan algo más que una conversación informal entre legisladores. Exponen una afinidad política y cultural que contrasta con la imagen que Nakayama pretende proyectar ante un electorado conservador. Mientras busca posicionarse como una alternativa presidencial, sus propios intercambios lo muestran compartiendo el tono y las referencias de quienes se encuentran en la vereda opuesta a las preocupaciones de miles de paraguayos que respaldaron la iniciativa popular.
La contradicción resulta evidente. No se puede pretender representar al electorado conservador mientras se convierte en compañero de ruta de figuras que se movilizan contra sus principales preocupaciones. Tampoco alcanza con invocar el liberalismo cuando, en los hechos, las señales políticas apuntan hacia otro lado.
Nakayama tiene derecho a expresar sus convicciones y a elegir sus alianzas. Pero también debe asumir que sus palabras, sus gestos y sus vínculos construyen una identidad política que no puede acomodarse según la conveniencia electoral del momento.
Si realmente quiere representar a la derecha, al conservadurismo o al liberalismo clásico, deberá revisar en profundidad sus convicciones, sus opiniones y, sobre todo, sus compañeros de ruta.
Porque el electorado no solo observa lo que un candidato promete. También mira con quién se relaciona, de qué se burla y qué causas considera dignas de respeto.
Y en política, las afinidades terminan diciendo mucho más que los discursos.






