Hay algo que empieza a resultar difícil de ignorar en la línea editorial de Consenso, el medio dirigido por Maximiliano Manzoni: una parte significativa de sus investigaciones ambientales aparece concentrada en cuestionar proyectos productivos, inversiones o actividades económicas vinculadas con Paraguay y Sudamérica.
El último capítulo tiene como protagonista a los data centers, una industria que puede representar una oportunidad para diversificar la economía paraguaya, atraer capital, generar empleos especializados y aprovechar la ventaja energética del país. Sin embargo, desde Consenso el enfoque vuelve a ser esencialmente crítico: una de sus investigaciones sostiene que, para alimentar data centers y criptominería, Paraguay pretende habilitar la búsqueda de gas y litio dentro del Parque Nacional Médanos del Chaco.
La pregunta que surge no es si una investigación periodística puede cuestionar un proyecto. Por supuesto que puede. La pregunta es qué queda cuando, una y otra vez, el resultado de la mirada termina siendo poner bajo sospecha prácticamente cualquier actividad económica que pretenda desarrollarse en Paraguay.
Porque el patrón resulta llamativo.
Data centers: cuestionados.
Agricultura: cuestionada.
Ganadería: cuestionada.
Gas: cuestionado.
Gasolineras: cuestionadas.
Cuero: cuestionado.
Litio: cuestionado.
Créditos de carbono: cuestionados.
Gasoductos: cuestionados.
No se trata de un episodio aislado. En el propio archivo de Consenso aparecen investigaciones sobre la actividad ganadera, la agricultura, créditos de carbono, gas, litio, estaciones de servicio, cuero y proyectos energéticos. El medio incluso presentó públicamente sus investigaciones como trabajos sobre los “intereses detrás del cuero, litio y gas en Paraguay”.
Y aquí aparece el punto central. ¿En qué momento la vigilancia ambiental deja de ser una herramienta para mejorar los proyectos y empieza a convertirse en una mirada sistemáticamente negativa sobre el desarrollo?
Porque Paraguay no puede darse el lujo de construir su futuro desde la lógica de que cada inversión es sospechosa hasta demostrar lo contrario.
Un data center puede generar impactos (toda actividad humana lo tiene, incluso los servidores donde se aloja Consenso) y, por supuesto, debe cumplir reglas ambientales, energéticas y económicas. Una explotación minera debe ser controlada. Una actividad agropecuaria debe cumplir la legislación. Una inversión energética debe ser evaluada. Todo eso es razonable.
Pero existe una diferencia enorme entre controlar una inversión y construir un relato en el que la inversión aparece, de entrada, como el problema.
En el caso de los data centers, Consenso no se limita a discutir las condiciones necesarias para atraerlos. Su investigación conecta la expansión de esta industria con la búsqueda de gas y litio en Médanos del Chaco y cuestiona el proyecto legislativo que permitiría realizar prospecciones en el área protegida.
Al mismo tiempo, el propio medio reconoce que Paraguay necesita discutir seriamente cómo abastecer el crecimiento de su demanda energética.
Es decir, el problema no es investigar los riesgos. El problema es cuando el discurso sobre los riesgos termina ocupando todo el espacio y deja fuera la otra mitad de la discusión: cuánto puede ganar Paraguay, qué empleos puede generar, qué infraestructura puede desarrollar, qué inversiones puede atraer y cómo puede aprovechar responsablemente su ventaja energética.
Hay además un dato que resulta difícil pasar por alto.
En la revisión realizada para esta investigación, la producción ambiental de Manzoni aparece fuertemente concentrada en Paraguay y Sudamérica. No encontramos, hasta ahora, una investigación ambiental suya centrada específicamente en Europa, África, Asia u Oceanía comparable con la cantidad de trabajos realizados sobre actividades económicas paraguayas.
Eso, por sí solo, no demuestra una intención determinada. Pero sí permite formular una pregunta legítima sobre el enfoque editorial de Consenso:
¿Por qué el Paraguay productivo aparece tantas veces bajo el microscopio de la sospecha?
¿Dónde están, con la misma intensidad, las investigaciones que analicen las actividades productivas de otras regiones del mundo cuando generan impactos ambientales?
La discusión seria no debería ser inversión sí o inversión no. Debería ser qué inversión, bajo qué reglas, con qué controles, qué beneficios genera para el país y qué costos ambientales estamos dispuestos a aceptar.
Paraguay tiene una oportunidad histórica para transformar energía, territorio y recursos humanos en desarrollo. La respuesta no puede ser cerrar las puertas al capital ni demonizar cada nuevo proyecto.





