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Comentarios sobre la histórica visita de Estado de Xi Jinping a Washington D.C.

La semana pasada estuvo cargada de grandes eventos internacionales: el histórico ataque con drones de Ucrania sobre blancos petrolíferos en Kapotnia (apenas a 15 km del centro de Moscú), la 81.ª Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, el encuentro del mandatario estadounidense Donald Trump con la presidenta de facto de Venezuela en un lujosísimo hotel en Manhattan, pero, sin duda, el hecho más relevante fue la visita de Estado del presidente de la República Popular China a Washington D.C.

Cabe destacar que no es la primera vez que el mandatario chino visita oficialmente a su homólogo Donald Trump, pues la anterior tuvo lugar hace 11 años, concretamente en 2017, justamente en Mar-a-Lago, el complejo turístico de Florida donde reside la familia Trump. Además, en mayo de este mismo año, Trump visitó oficialmente Pekín. Es decir, un encuentro en menos de seis meses denota la enorme importancia estratégica de la relación entre Washington y Pekín.

Sin embargo, aquí es donde debemos tener muy presentes los estilos de cada gobierno y los objetivos estratégicos que persigue cada uno. Por una parte, Donald Trump es fundamentalmente un empresario y un showman; por tanto, casi todo su accionar político está cargado de un excesivo personalismo dirigido a su público. Contrariamente, Xi Jinping es un burócrata profesional que conoce profundamente el manejo del poder, en parte por la experiencia de su padre, Xi Zhongxun, y que, a la vez, se hizo a sí mismo desde cero dentro del Partido Comunista Chino (PCCh), luego de que su padre fuera purgado por Mao en 1962. Ambos, sin embargo, mantienen una agenda en común: Inteligencia Artificial (IA), cooperación, “la cuestión de Taiwán” y Medio Oriente.

Pero esta visita de Estado estuvo cargada de grandes signos, los cuales nos dicen hacia dónde se inclina la balanza en esta relación entre las potencias más poderosas del mundo, de la que hoy depende la seguridad mundial. Comencemos por el primer detalle, algo sin precedente alguno: el propio presidente Donald Trump y su esposa, Melania, recibieron al presidente Xi Jinping y a su esposa, la elegante y muy refinada Peng Liyuan, sobre la alfombra roja, al pie de la escalerilla del avión en la Base Conjunta Andrews, en Maryland (cerca de Washington D.C.), para luego ser trasladados a la Casa Blanca, donde la ceremonia de bienvenida duró ochenta minutos, incluyendo una salva de honor con 21 cañonazos y sobrevuelos de una escuadrilla de cinco aviones militares (un B-2 Spirit y cuatro F-22 Raptor).

Segundo, las diferencias cualitativas entre las delegaciones presentes en la cena de honor en la Casa Blanca. Por su parte, el mandatario estadounidense optó para la mesa principal por empresarios multimillonarios y CEO vinculados al área tecnológica (Musk, de SpaceX; Cook, de Apple; Huang, de Nvidia; y Lisa Su, de Advanced Micro), mientras que Xi Jinping optó por una delegación netamente integrada por veteranos burócratas fieles al PCCh.

Tercero, y tal vez lo más significativo, superando los discursos y las lujosas pompas de la ocasión, observamos a un mandatario estadounidense que no escatimó esfuerzos ni elogios verbales para agradar al mandatario visitante, hablando sobre el costoso helipuerto de la Casa Blanca y del futuro Salón de Baile.

Por su parte, el veterano Xi Jinping no perdió tiempo en lanzar frases contundentes, aunque con un tono menos amenazante que en mayo, pero igualmente directo a la línea de flotación americana: “saldremos ganando de la cooperación y perdiendo de la confrontación, hemos de defender el límite de no conflicto”. Agregó que la clave de la cooperación entre ambas naciones consiste en desarrollar una relación constructiva de estabilidad estratégica entre China y EE. UU., empleando una palabra clave: “acción (…) ampliando la lista de cooperación y reducir la de problemas”. También, sobre Taiwán, sentenció que EE. UU. “mantenga la postura correcta de oponerse a la secesión de Taiwán” y maneje el tema “con prudencia”.

En fin, esta visita oficial de Xi Jinping a Washington D.C. ha ratificado sólidamente la pétrea diplomacia china, siempre fiel a sus objetivos estratégicos y sin ceder un milímetro ante sus competidores. Por otra parte, Donald Trump terminó de rodillas ante una China con la que perdió la torpe guerra arancelaria y que luce ya indoblegable ante los designios no solo de Washington, sino de Occidente en general.

Autor

Nahem Reyes
Nahem Reyes
Dr. Analista geopolítico

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