Circulan en nuestra cultura pop demasiados errores ideológicos respecto del matrimonio como para intentar enmendarlos en un solo artículo. Algunos, deslices conceptuales involuntarios, expresiones de buenos deseos de trágicas consecuencias; otros son engaños ideológicos, deliberadamente diseñados, que buscan minar la institución sagrada del matrimonio, y, por ende, la familia. Es importante destacar que desde que Friedrich Engels, el financista de Marx, escribiera el monográfico “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” (1884) ha habido cientos de intelectuales que han seguido la fácil deriva establecida de intentar desacreditar la institución matrimonial, base de la familia occidental cristiana.
Primeramente, es importante decir que es un error tremebundo decir que el matrimonio es un derecho, error deliberadamente consagrado en la Declaración de los derechos humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en su artículo decimosexto: “Los hombres y las mujeres, a partir de la edad núbil, tienen derecho, […] a casarse y fundar una familia” ¿Cómo pudiera ser un derecho el casarse y formar una familia? En la concepción clásica un derecho es la contrapartida obligatoria de un deber, y si partimos de que uno posee un derecho, entonces otra persona posee un deber correlativo al derecho que declaramos tener: es decir, alguien tiene la obligación de satisfacer mi derecho. Por ejemplo, yo poseo derecho a que se respeten los frutos de mi trabajo, mi propiedad; el deber correlativo es que los demás respeten mi propiedad como yo respeto la ajena. Siguiendo el razonamiento, si decimos que uno tiene un derecho a casarse y formar una familia, declaramos que otra persona tiene el deber, la obligación, de casarse con el poseedor de ese derecho. Un absurdo. Nadie tiene el deber o la obligación de casarse contigo, amigo, amiga.
Ahora hagamos el proceso inverso, el que nos orienta al concepto correcto de matrimonio: el matrimonio es un deber. Cuando una persona declara y asume frente a otra, y frente a Dios y la sociedad, el deber de enlazarse en matrimonio con ella, esta última adquiere derechos positivos respecto de la primera. Yo asumo el deber de cuidarle; la otra disfruta del derecho de ser cuidada; en la salud, y en la enfermedad; en la alegría y en la tristeza; etc. Debido a que el matrimonio es un deber, yo me debo a la otra persona y lo declaro frente a la sociedad y frente a Dios. La epidemia de derechos de la socialdemocracia socava una institución como el matrimonio porque los contrayentes, hombres y mujeres, ingresan a este con una idea equivocada de lo que exige el juramento matrimonial, se asocian, entonces, con la actitud adolescente y caprichosa del que pide y exige; sin pensar en el deber del dar y del entregarse.
La banalización del matrimonio establece su punto de partida, como hemos visto, en una incorrecta interpretación del mismo, interpretación que promueve, en la novia y el novio, una extensión indefinida de sus adolescencias al ámbito matrimonial, pues ambos concurren a la vida conyugal con la noción equivocada de que, cuando contraen nupcias, están ejerciendo un derecho, cuando la realidad es que están contrayendo un deber ¿Se entiende por qué se habla de contrayentes? Es por eso que el matrimonio no es una institución social que funcione con personas irresponsables.
La verdad sea dicha: ninguna sociedad, y tampoco la sociedad matrimonial, por supuesto, surge del solipsista reclamo por los derechos porque, sencillamente, los derechos no nos unen; el adhesivo que une a las sociedades son los deberes mutuos. Cuando las personas, en general, y el esposo y la esposa, en particular, cumplen con sus deberes, los derechos positivos de las partes se satisfacen de forma natural y espontánea, porque mi deber de cuidarte, es tu derecho a ser cuidada; mi deber de sostenerte, es tu derecho a ser sostenida; mi deber de proveerte es tu derecho a ser proveída; y viceversa funciona exactamente igual.
Hay una epidemia de casamientos que se pretenden reality shows, donde lo único que importa a las partes es la farra y la joda, el vestido y la luna de miel, sin que las personas y los novios recuerden la gravedad de los sagrados juramentos que realizan frente a Dios y la sociedad. La boda debe tener una coreografía de los novios para divertimento de la tribu. La banalización cultural del matrimonio se expresa, además, en la necesidad de intoxicación etílica y embotamiento sensorial que se demanda en las bodas. Todavía recuerdo que cuando me casé, quince años atrás, muchos de mis invitados no asistieron porque, ante sus consultas, avisé que no habría alcohol en mi fiesta de casamiento. Cuando creí que la detestable tradición de la despedida de soltero era el clímax de la estupidez y la irresponsabilidad, llegaron las despedidas de solteras demostrando que las mujeres siempre pueden superar a los varones, incluso en sus facetas más idiotas.
En las culturas antiguas el matrimonio se consideraba un rito de paso hacia la vida adulta. La adolescencia es la etapa de la vida donde adolecemos, donde el mundo nos duele porque consideramos que este no está a la altura de nuestras níveas expectativas, que no es como “debería ser”. Cuando el mundo nos deja de doler y decidimos_ además de hacernos cargo de nosotros mismos _ juramos, hacernos cargo de otra persona, como sucede en el matrimonio, crecemos: damos entonces un paso definitivo hacia la vida adulta. La palabra adulto proviene del pretérito perfecto de la palabra adolecer. El adulto es alguien que ha terminado, por fin, de adolecer: adulto es el que adoleció.
En la mayoría de las religiones no es extraño que los matrimonios se solemnicen con ambos contrayentes arrodillados frente a un altar. En la antigüedad, los altares eran utilizados para el sacrificio de animales. El simbolismo es claro: desde entonces y en adelante, cada uno de los contrayentes, el marido y la mujer, deberá, arrodillado en su fuero íntimo, en una continua actitud de humildad, sacrificar al animal egoísta que llevan dentro para cumplir con el deber que han contraído el uno para con el otro ¿Todo este sacrificio del animal egoísta para qué? Esto con el fin de preparar, establecer y mantener un entorno idóneo para el nacimiento, el sostén y la crianza de los hijos. Si, los hijos, porque ese es el fin del matrimonio, y vale la pena recordarlo en tiempos de amnesia colectiva de deberes: tener hijos es el fin de un matrimonio, no viajar, no criar perrhijos ni compartir gastos de alquiler; tener hijos.
Lo anterior nos sugiere una reflexión: el matrimonio no se trata sobre ti, nunca se trató de ti, y quien demande la platónica felicidad de una institución social, incluso del matrimonio, exige lo imposible. El matrimonio se trata sobre nuestro deber para con nuestro cónyuge, para con nuestros hijos y con el futuro. Para las personas que creen que el matrimonio es un derecho, en una época de hiperinflación de falsos derechos, les digo que se equivocan: el matrimonio es un deber. Esto lo expresa hermosamente lo dicho por el escritor J.S. Kirtley cuando declara:
«Aquel que lleve un corazón equivocado al matrimonio y albergue el egoísmo […] encontrará la vida de casado irritable e insoportable. La vida matrimonial nunca puede ser lo que debe ser mientras el esposo o la esposa hagan de su felicidad personal el objetivo principal».





