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El regreso a las raíces

La imagen sorprendió a muchos más de lo que debería, incluso, no debería haber sorprendido a nadie. Tras un partido del Mundial, jugadores de Curazao y Alemania formaron un círculo en el campo y se reunieron para rezar. Lo que durante siglos habría sido una escena completamente normal en Occidente hoy provoca titulares, debates y hasta expresiones de incomodidad en ciertos sectores de la sociedad europea.

Sin embargo, esa reacción revela algo mucho más profundo que un simple gesto deportivo. Refleja el creciente choque entre una élite cultural que durante décadas apostó por relegar al cristianismo en favor de religiones ajenas a Occidente y una realidad que comienza a emerger con fuerza: el cristianismo está regresando al espacio público.

Durante años se anunció el declive irreversible del cristianismo en Occidente. Intelectuales, políticos y medios dieron por sentado que la secularización avanzaría sin resistencia y que las nuevas generaciones abandonarían progresivamente la fe cristiana que durante siglos moldeó la identidad cultural, moral e histórica de Europa y América. Se asumió que las iglesias se vaciarían, que los símbolos cristianos desaparecerían del espacio público y que la tradición quedaría reducida a una reliquia del pasado. Pero la historia rara vez avanza en línea recta.

Existe una ley conocida desde el siglo XVII gracias a Isaac Newton que puede resumirse en que «toda acción genera una reacción» y, aunque fue formulada para explicar fenómenos físicos, resulta difícil no observar dinámicas similares en las sociedades. Cuanto más intensamente se intentó expulsar las raíces cristianas de la vida pública europea, más probable era que surgiera una reacción cultural en sentido contrario.

Y esa reacción ya es visible. Se manifiesta en el renovado interés de los jóvenes por la religión, en el crecimiento de comunidades cristianas activas, en el aumento de conversiones en varios países occidentales y en una búsqueda cada vez más evidente de identidad cultural en sociedades que durante años parecieron perder confianza en sí mismas.

Europa no nació en el vacío. Su historia, sus instituciones, su arte, su filosofía y gran parte de sus valores fueron moldeados por siglos de tradición cristiana. Ignorar ese legado no lo hace desaparecer. Al contrario, suele despertar el interés de quienes perciben que algo esencial está siendo olvidado.

El episodio protagonizado por los futbolistas no es importante por la oración en sí misma. Es importante porque muestra que expresar públicamente la fe vuelve a ser algo natural para muchas personas, incluso en escenarios donde hasta hace poco predominaba la presión por ocultarla.

No se trata únicamente de religión. Se trata de identidad, pertenencia y continuidad histórica. Las sociedades necesitan raíces para proyectarse hacia el futuro. Cuando esas raíces son negadas sistemáticamente, tarde o temprano reaparece la necesidad de recuperarlas.

Por eso la escena del Mundial merece atención. No porque un grupo de deportistas rezara después de un partido, sino porque simboliza algo más amplio: el fin de una época en la que se asumía que el cristianismo estaba condenado a desaparecer de la vida pública.

Quizás lo que estamos presenciando no sea una excepción ni una anécdota. Quizás estemos viendo las primeras señales visibles de un fenómeno mucho mayor: el regreso de una tradición que muchos daban por extinguida, pero que nunca dejó de formar parte del alma de Occidente.

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