La pasión que despierta la selección paraguaya de fútbol suele dar lugar a expresiones tan diversas como creativas. En las últimas horas, una publicación en redes sociales que invitaba a las “payeseras” del país a unir sus fuerzas para que Paraguay llegue a ser campeón del mundo generó miles de reacciones, comentarios y debates entre quienes tomaron la propuesta con humor, quienes la apoyaron simbólicamente y quienes recordaron la importancia de la fe y la oración.
La anécdota puede resultar pintoresca, pero también invita a una reflexión más profunda sobre los valores que deberían acompañar cualquier aspiración colectiva de éxito.
Porque, más allá de las tradiciones populares, las creencias personales o las expresiones culturales que forman parte de nuestra identidad, existe una realidad imposible de ignorar: los triunfos deportivos no se construyen con hechizos, amuletos ni fórmulas mágicas.
Se construyen con disciplina.
Con entrenamiento.
Con sacrificio.
Con trabajo en equipo.
La historia del deporte está llena de ejemplos de selecciones y atletas que alcanzaron la gloria después de años de preparación silenciosa, derrotas dolorosas y esfuerzo constante. Ninguna copa se gana por decreto, ninguna clasificación se obtiene por arte de magia y ningún campeonato es el resultado de un ritual.
La propia historia de Paraguay ofrece suficientes ejemplos. Los mejores momentos de la Albirroja llegaron cuando existieron generaciones de futbolistas comprometidos, cuerpos técnicos preparados y una convicción colectiva basada en el trabajo. No hubo atajos. Hubo dedicación.
La idea de que “todo vale para ganar” es precisamente lo contrario de los valores que hacen grande al deporte. Si el objetivo justifica cualquier medio, entonces desaparecen conceptos fundamentales como el mérito, la honestidad, la competencia leal y el respeto por el rival.
El fútbol, como la vida, enseña algo distinto: que el resultado importa, pero también importa cómo se llega a él.
Por supuesto, cada persona es libre de mantener sus creencias y tradiciones. Nadie discute el valor cultural que ciertas prácticas tienen para determinados sectores de la sociedad. Sin embargo, cuando se trata de alcanzar objetivos colectivos, la verdadera fortaleza de un país no surge de supuestos poderes sobrenaturales, sino de la capacidad de sus ciudadanos para trabajar juntos, esforzarse y superarse.
Si Paraguay quiere volver a los primeros planos del fútbol mundial, el camino pasa por fortalecer las divisiones formativas, mejorar la infraestructura deportiva, apoyar a los clubes, desarrollar talento y construir proyectos de largo plazo.
La ilusión es necesaria.
La pasión también.
Pero ni el paye ni cualquier otro atajo reemplazan el valor del esfuerzo.
Porque al final, dentro y fuera de la cancha, las victorias que realmente valen la pena son aquellas que se consiguen con trabajo, compromiso y mérito propio.
Y esa es una lección que debería importar mucho más que cualquier promesa de magia.





