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Emilio Agüero cuestiona a Luis Bareiro: el debate sobre los feminicidios no puede convertirse en una condena a la fe

El asesinato de Deysi Paola Giménez, presuntamente a manos de su expareja y registrado por cámaras de circuito cerrado, conmocionó a la sociedad paraguaya y reabrió el debate sobre la violencia contra las mujeres, la responsabilidad del Estado y las causas profundas de estos crímenes. Sin embargo, la indignación también derivó en una confrontación ideológica luego de que el periodista Luis Bareiro cuestionara a los sectores conservadores y a quienes relacionan parte de esta problemática con la denominada ideología de género.

Durante su programa en Monumental 1080 AM, Bareiro expresó: “Pero después aparece algún imbécil en un púlpito a decir que el problema es la ideología de género y no sé qué estupidez, cuando no estamos pudiendo corregir desde el vamos”. Sus palabras provocaron la reacción del pastor Emilio Agüero Esgaib, quien calificó de irresponsable el análisis del comunicador y cuestionó que utilizara un hecho tan doloroso para arremeter contra la Iglesia y quienes defienden posiciones conservadoras.

El planteamiento de Agüero pone sobre la mesa una cuestión fundamental: la gravedad de un crimen no justifica descalificar indiscriminadamente a quienes sostienen una interpretación diferente sobre sus causas. La violencia contra las mujeres exige prevención, protección, investigación y justicia. Pero también requiere un debate público en el que las diferencias ideológicas no se conviertan en excusa para insultar o estigmatizar al adversario.

El pastor advirtió que las expresiones de Bareiro pueden profundizar la polarización y fomentar el resentimiento hacia las comunidades religiosas. Según señaló, un discurso de esa naturaleza corre el riesgo de desviar la indignación que debería concentrarse en el crimen y sus responsables hacia quienes profesan una fe o defienden determinadas convicciones morales.

Una cosa es exigir al Estado que cumpla con su obligación de proteger a las mujeres y otra, muy distinta, convertir esa exigencia en una descalificación de los sectores conservadores. La actuación de las instituciones, las respuestas de la Justicia, los mecanismos de prevención y la formación cultural de la sociedad son asuntos que merecen una discusión seria. El insulto no sustituye los argumentos ni demuestra que una postura contraria carezca de fundamento.

La discusión sobre la ideología de género tampoco debería clausurarse mediante burlas o calificativos. Existen diferencias profundas sobre la educación, la familia, la sexualidad, los valores y el papel de las instituciones religiosas en la vida pública. Esas diferencias deben poder debatirse abiertamente, sin presentar automáticamente a quienes discrepan como ignorantes o responsables indirectos de la violencia.

La reflexión de Emilio Agüero va más allá de la controversia política. Al sostener que el problema de fondo está en el corazón humano, el pastor propone una interpretación moral y espiritual de la violencia. Su argumento es que los homicidios y otras conductas destructivas no pueden explicarse únicamente a partir de estructuras sociales o discusiones ideológicas, pues también intervienen las decisiones individuales, el desprecio por la vida y la ausencia de principios.

Desde esa perspectiva, Agüero recordó que los malos pensamientos y las acciones destructivas tienen una raíz moral que la sociedad no debería ignorar. Su conclusión fue directa: “Está en tu corazón, en el mío y en el de todos los seres humanos y necesitamos a Cristo. Vos también”.

El asesinato de Deysi Paola Giménez no debe convertirse en un instrumento para atacar a una comunidad religiosa ni para imponer una explicación única sobre un fenómeno complejo. La indignación debe dirigirse contra el crimen y contra las fallas que permitan que hechos semejantes se repitan. Eso exige responsabilidad pública, justicia y prevención, pero también un debate que no confunda firmeza con insulto.

Bareiro tiene derecho a cuestionar a los sectores conservadores. Sin embargo, calificar de “imbécil” a quien plantea una explicación diferente no demuestra que esa postura sea falsa ni aporta, por sí mismo, una solución para proteger a las mujeres. La crítica es legítima; la descalificación no la convierte en un argumento sólido.

En una sociedad, el periodismo tiene una responsabilidad que va más allá de expresar indignación: debe contribuir a investigar, comprender y debatir sin transformar el dolor en combustible para nuevas divisiones. La reflexión de Agüero deja una advertencia que trasciende la polémica: ninguna sociedad resolverá la violencia si se niega a examinar tanto sus fallas institucionales como la responsabilidad moral de las personas.

La muerte de una mujer no debería utilizarse para enfrentar a los paraguayos por sus creencias. Debería impulsarnos a exigir justicia, proteger a quienes están en riesgo y discutir con honestidad las causas de la violencia. Condenar un crimen exige firmeza, pero debatir sin deshumanizar a quienes piensan distinto exige también responsabilidad.

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