Mientras reafirma formalmente la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural, el Arzobispado de Asunción se niega a convocar institucionalmente a la movilización del 21 de octubre. Su comunicado también invoca las palabras de Francisco sobre el respeto a las personas, pero deja en segundo plano sus contundentes advertencias contra la colonización ideológica.
La carta del Arzobispado de Asunción, fechada el 12 de octubre, deja una señal difícil de ignorar: la institución dice reafirmar su compromiso provida, reconoce la importancia de la iniciativa popular presentada y, sin embargo, decide no asumir ni difundir institucionalmente la convocatoria a la marcha del próximo 21 de octubre. En un momento en que los defensores de la vida buscan hacer oír su voz, la jerarquía eclesiástica paraguaya opta por la distancia.
La contradicción merece una discusión pública. ¿De qué sirve proclamar que la defensa de la vida es un compromiso irrenunciable si, cuando llega el momento de acompañar una movilización que busca llevar esa causa a las calles, de comprometerse realmente, la institución prefiere mantenerse al margen?
El documento afirma que la protección de la vida desde la concepción hasta la muerte natural forma parte del compromiso de la Iglesia. También destaca su trabajo con niños, adolescentes, adultos mayores y personas vulnerables. Pero la defensa de esos principios no puede quedar reducida a programas asistenciales y declaraciones formales. También exige claridad doctrinal, coherencia institucional y disposición para intervenir en los debates que afectan a la familia y a la sociedad.
El argumento de que la propuesta legislativa debe ser examinada jurídicamente no carece de legitimidad. Toda modificación del Código Penal requiere un análisis serio. Sin embargo, estudiar una iniciativa no obliga a guardar distancia de quienes promueven la defensa de la vida, ni impide expresar respaldo a sus principios mientras se evalúan los detalles de una propuesta. El propio Arzobispado reconoce que la iniciativa merece consideración, pero decide no convertir la convocatoria en una causa institucional.
La pregunta es inevitable: ¿se trata de prudencia pastoral o de una renuncia a ejercer el liderazgo público que los fieles esperan de sus pastores?
El Arzobispado cita Amoris Laetitia del papa Francisco para recordar que toda persona debe ser respetada, independientemente de su orientación sexual, y que deben evitarse la discriminación injusta, las agresiones y la violencia. Nadie debería cuestionar ese principio. Sin embargo, presentar esa referencia sin desarrollar el conjunto de las advertencias pontificias sobre la ideología de género ofrece una imagen incompleta de su pensamiento.
Francisco fue explícito al referirse a lo que denominó «colonización ideológica». En su discurso al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, el 8 de enero de 2024, advirtió sobre las formas de colonización ideológica en las que la teoría de género ocupa un lugar central.
No se puede invocar al mismo pontífice para recordar exclusivamente su llamado al respeto y omitir sus críticas a determinadas corrientes ideológicas. La enseñanza católica no plantea que la dignidad de las personas y la defensa de la concepción cristiana de la sexualidad sean principios incompatibles. Francisco sostuvo ambas posiciones: pidió evitar la discriminación y, al mismo tiempo, cuestionó la imposición de determinadas concepciones antropológicas, especialmente cuando afectan a la educación de los niños.
La declaración Dignitas Infinita, publicada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe en 2024, también recoge las críticas de Francisco a la teoría de género y desarrolla la posición de la Iglesia sobre la diferencia sexual y la familia. Por eso, el problema no es que el Arzobispado recuerde el deber de respetar a todas las personas, sino que utilice una parte de las enseñanzas pontificias sin dar el mismo espacio a las advertencias que resultan centrales para el debate planteado por los promotores de la marcha.
Esta selección resulta especialmente problemática cuando se produce en un comunicado que, al mismo tiempo, evita respaldar una movilización provida. Aunque la carta no expresa apoyo explícito a la ideología de género, su combinación de referencias parciales y distancia institucional puede transmitir un mensaje de ambigüedad frente a corrientes que la doctrina católica cuestiona de manera expresa.
La decisión de no asumir la convocatoria como propia constituye una toma de distancia concreta que merece ser cuestionada, sobre todo cuando la defensa de la vida es presentada como un compromiso fundamental de la institución.
La defensa de la vida necesita algo más que declaraciones. Necesita coherencia, liderazgo y una explicación convincente cuando la jerarquía decide no acompañar a quienes se movilizan en su nombre. Y la fidelidad al pensamiento de Francisco exige presentar sus enseñanzas en su conjunto, no seleccionar únicamente las frases que resultan más cómodas para justificar una postura institucional.
Una Iglesia que proclama la defensa de la vida, pero se distancia de una marcha provida sin explicar de manera convincente por qué sus principios no justifican ese acompañamiento, se expone a una pregunta inevitable: ¿está ejerciendo la prudencia pastoral o está renunciando a defender públicamente aquello que dice considerar irrenunciable?






