El Banco Central del Paraguay anunció que el próximo 5 de octubre presentará una nueva familia de billetes, definida por la propia institución como “una nueva expresión de nuestra identidad nacional”.
Es importante detenerse en esa frase, porque la pregunta inevitable es: ¿qué identidad nacional quieren expresar y, sobre todo, qué parte de nuestra identidad pretenden reemplazar?
Los billetes que actualmente circulan por el país no son simples papeles destinados a comprar, vender o pagar una cuenta. Son objetos que pasan diariamente por las manos de millones de paraguayos y que, durante décadas, llevaron consigo una selección de rostros, nombres y símbolos que forman parte de nuestra memoria colectiva.
En sus anversos aparecen figuras vinculadas a la historia y la cultura paraguaya. Son personajes que, con sus luces y sombras, pertenecen a nuestra historia y ayudan a explicar quiénes somos como nación.
Por eso resulta difícil no mirar con preocupación el proceso de renovación cuando el discurso institucional comienza a poner el acento en la fauna, la flora, las ecorregiones y otros elementos del patrimonio natural.
Nadie discute que la naturaleza paraguaya merece ser representada. Tenemos una riqueza ambiental extraordinaria y nuestros paisajes, animales y ecosistemas también forman parte de aquello que llamamos Paraguay. Pero una cosa es incorporar esos elementos y otra muy distinta es utilizarlos para desplazar de la memoria cotidiana a quienes construyeron nuestra historia.
El antecedente ya existe con el billete de G. 1.000 con el rostro del Mariscal Francisco Solano López retirado en 2011. Con ello desapareció de la circulación cotidiana una de las figuras más reconocibles de la historia paraguaya. Se puede discutir a Solano López, cuestionar sus decisiones, analizar su papel histórico y debatir sobre la Guerra contra la Triple Alianza. Lo que no debería hacerse es pretender que discutir la historia equivale a eliminarla de nuestros símbolos.
Porque precisamente eso es lo que debería hacer una sociedad madura: recordar incluso aquello que genera controversia.
La memoria histórica no se construye seleccionando únicamente las figuras cómodas para el presente. Se construye conservando las huellas de quienes estuvieron antes, con sus aciertos, errores, grandezas y tragedias.
El propio Banco Central había planteado anteriormente la posibilidad de mantener a la mayoría de los personajes históricos en el frente de los billetes y reservar el reverso para elementos vinculados a la naturaleza y al patrimonio. Si ahora el criterio cambia, corresponde preguntar por qué.
¿Se pretende que los rostros de nuestros próceres pierdan protagonismo para ser reemplazados por paisajes, animales, plantas u objetos? ¿Vamos a pasar de recordar a quienes protagonizaron nuestra historia a decorar nuestros billetes con elementos que, aunque valiosos, no cuentan por sí mismos cómo llegamos hasta aquí?
El dinero es también memoria. Cada vez que un niño recibe un billete, cada vez que un trabajador cobra su salario, cada vez que una persona paga en un comercio, está entrando en contacto con una pequeña pieza de la identidad nacional. Por eso el diseño de la moneda no es una cuestión meramente estética ni una decisión gráfica más. Es una decisión cultural, y las decisiones culturales importan porque aquello que mostramos repetidamente termina formando parte de aquello que recordamos.
Si la nueva “identidad nacional” termina teniendo más animales, paisajes y elementos folclóricos que personajes históricos, deberíamos preguntarnos qué mensaje estamos enviando a las nuevas generaciones. Porque un país no se construyó solamente con su paisaje. Se construyó con hombres y mujeres, con guerras, sacrificios, decisiones políticas, trabajo, cultura, conflictos y enormes esfuerzos colectivos.
La naturaleza estaba antes que nosotros. La identidad nacional, en cambio, fue construyéndose a lo largo de nuestra historia. Por eso resulta legítimo preguntarse si estamos ante una simple renovación de billetes o ante una transformación más profunda de los símbolos con los que Paraguay se representa a sí mismo.
Y hay algo todavía más preocupante: la facilidad con la que algunas discusiones contemporáneas parecen querer reemplazar la historia por una versión más amable, más decorativa y menos incómoda de la identidad nacional.
¿Queremos recordar a nuestros protagonistas históricos o preferimos una identidad reducida a paisajes, fauna, gastronomía y folclore? ¿Queremos que las nuevas generaciones conozcan a quienes forjaron el Paraguay o que solamente reconozcan una imagen turística del país?
Si el resultado termina siendo sacar la historia para poner en su lugar chipa, paisajes, animales y símbolos culturales descontextualizados, no estaremos simplemente cambiando los billetes. Estaremos cambiando lo que el Estado considera digno de ser recordado. Y eso merece una discusión mucho más seria que la presentación de una nueva familia de billetes.
La identidad paraguaya tiene rostros, tiene nombres, tiene héroes y protagonistas, tiene heridas, tiene controversias, tiene una historia que no siempre resulta cómoda, pero que sigue siendo nuestra.
Modernizar los billetes puede ser necesario. Actualizar sus medidas de seguridad, sus diseños y sus elementos gráficos también. Lo que no debería modernizarse hasta desaparecer es la memoria.
Porque un país que elimina los rostros de su historia de los objetos que sus ciudadanos llevan diariamente en las manos corre el riesgo de hacer algo más que cambiar billetes: puede terminar cambiando aquello que sus ciudadanos recuerdan cuando piensan en Paraguay.
¿Qué Paraguay quiere mostrarnos el Banco Central cuando dice que está construyendo una “nueva expresión de nuestra identidad nacional”? Esa es la pregunta que muchos se hacen…La respuesta estará en esos billetes.





