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Cuando el ambientalismo crea el problema… y después cobra millones por solucionarlo

Existe un patrón que se repite con demasiada frecuencia en algunos proyectos de conservación ambiental: una intervención humana genera un desequilibrio, ese desequilibrio produce una nueva crisis ecológica y, finalmente, aparecen costosos programas financiados con dinero público y donaciones internacionales para intentar corregir las consecuencias de decisiones anteriores. La historia de la remota Isla Marion parece resumir perfectamente ese ciclo.

Todo comenzó en 1949, cuando los responsables de una estación meteorológica ubicada en esta isla del océano Índico decidieron introducir cinco gatos domésticos para controlar la creciente población de ratones que afectaba sus instalaciones. La solución parecía sencilla. Sin embargo, aquellos cinco felinos encontraron un ecosistema donde las aves marinas habían evolucionado durante miles de años sin depredadores terrestres.

El resultado fue previsible. Los gatos comenzaron a alimentarse de petreles, albatros y otras especies que anidaban en el suelo y carecían de mecanismos de defensa. En apenas dos décadas, la población felina superó los 2.000 ejemplares y se estima que provocaba la muerte de alrededor de 450.000 aves al año.

Entonces llegó la segunda gran intervención.

A partir de 1977 comenzó un programa de erradicación de gatos que combinó capturas, cacerías nocturnas e incluso la liberación del virus de la panleucopenia felina para eliminar la población introducida. La operación demoró catorce años y recién concluyó en 1991 con la desaparición del último gato.

Parecía que el problema estaba resuelto. Pero no. Al desaparecer los únicos depredadores de los ratones —roedores que también habían sido introducidos por el ser humano muchos años antes— la población de estos últimos explotó. Hoy los ratones atacan huevos, polluelos e incluso aves adultas, amenazando a buena parte de las especies que habitan la isla.

La respuesta volvió a ser otra intervención de gran escala. Ahora el denominado Mouse-Free Marion Project pretende eliminar completamente los roedores mediante una operación aérea sobre unas 30.000 hectáreas, utilizando helicópteros equipados con GPS para distribuir cebo con veneno de manera sistemática durante el invierno austral.

El presupuesto estimado asciende a 25 millones de dólares.

Es difícil no observar cierta ironía en toda esta secuencia. Primero se introducen gatos para eliminar ratones. Luego se gastan años y enormes recursos para eliminar los gatos porque matan aves. Después se descubre que, sin gatos, los ratones también matan aves. Finalmente, se propone lanzar toneladas de veneno desde helicópteros sobre una isla entera para eliminar a los ratones.

La pregunta inevitable es si, en algún momento, alguien se detiene a reflexionar sobre el costo acumulado de estas decisiones.

Los promotores del proyecto sostienen que el margen de error debe ser prácticamente nulo, ya que bastaría que sobreviviera un pequeño grupo de roedores para que la población volviera a multiplicarse. Esa afirmación refleja precisamente la magnitud del desafío que ellos mismos intentan resolver.

Naturalmente, la conservación de especies amenazadas constituye un objetivo legítimo y necesario. Sin embargo, la historia de Isla Marion también deja una enseñanza sobre los riesgos de creer que todo desequilibrio ecológico puede corregirse mediante nuevas intervenciones cada vez más complejas, costosas y tecnológicamente sofisticadas.

Porque cada solución parece generar un problema distinto.

Cinco gatos terminaron convirtiéndose en dos mil. Después hubo que erradicarlos durante catorce años. Ahora serán helicópteros, sistemas GPS y millones de dólares en veneno para intentar eliminar a los ratones.

Y nadie puede asegurar que dentro de veinte o treinta años no aparezca un nuevo «proyecto de restauración» destinado a corregir las consecuencias de esta última intervención.

La naturaleza suele ser mucho más compleja que los planes diseñados desde un escritorio. Sin embargo, hay algo que parece mantenerse constante: cuando una estrategia fracasa, rara vez faltan nuevos expertos dispuestos a proponer otra solución todavía más cara… financiada, por supuesto, con el dinero de alguien más.

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