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Francia y Alemania presionan a Bruselas para mantener los motores de combustión más allá de 2035

Las dos principales economías europeas buscan reorientar la política automotriz de la Unión Europea, con una apuesta por los híbridos, los combustibles renovables y el regreso de vehículos más económicos.

Francia y Alemania han unido posiciones para impulsar un cambio en la estrategia automotriz de la Unión Europea. El acuerdo entre ambas potencias abre la puerta a mantener los motores de combustión más allá de los plazos establecidos para 2035 y 2050, en un contexto marcado por la crisis de los fabricantes europeos y la creciente competencia de China.

La industria automotriz del continente atraviesa uno de sus períodos más difíciles. Mientras los fabricantes chinos avanzan con sus vehículos eléctricos e híbridos, las empresas europeas enfrentan dificultades para alcanzar el mismo nivel tecnológico y competir en condiciones favorables. La presión también se refleja en el empleo y en la continuidad de varias plantas industriales. Volkswagen, BMW y Mercedes ya anunciaron miles de despidos y el cierre de algunas instalaciones. A esta situación se suma un desequilibrio entre la oferta y la demanda: el mercado europeo registra una demanda de automóviles aproximadamente tres millones de unidades inferior a la capacidad de producción existente.

El impacto alcanza a otros fabricantes. Renault llegó a advertir sobre la posibilidad de cerrar su planta de Valladolid si Bruselas no adoptaba medidas, mientras que Stellantis busca alternativas mediante acuerdos con marcas chinas, entre ellas Leapmotor y Dongfeng, para sostener su actividad industrial.

El entendimiento entre París y Berlín representa una señal de cohesión entre dos países que buscan modificar el rumbo de la política comunitaria sobre el automóvil. La iniciativa pretende evitar que la transición hacia la movilidad eléctrica termine debilitando todavía más a los fabricantes tradicionales europeos. El planteamiento no implica necesariamente una autorización indiscriminada para cualquier motor de combustión, sino que apunta a dar continuidad a las tecnologías híbridas y permitir el uso de combustibles renovables, de modo que los vehículos con motores térmicos puedan seguir formando parte del mercado más allá de los horizontes fijados para 2035 y 2050.

La estrategia parte de una ventaja histórica de Europa: su experiencia en el desarrollo de motores de combustión. Mientras las empresas europeas acumularon décadas de conocimiento en esta tecnología, China concentró buena parte de sus inversiones en baterías y vehículos eléctricos, en lugar de seguir profundizando en los motores tradicionales. Con esta reorientación, Francia y Alemania buscan recuperar margen de maniobra para sus fabricantes y disputar el mercado a compañías chinas como BYD, Omoda, Changan y otras marcas que ganan presencia en el sector.

El debate también incluye la necesidad de desarrollar vehículos más accesibles. La intención es construir un ecosistema industrial que responda mejor a las necesidades y posibilidades económicas de los consumidores, una cuestión que ha quedado relegada en medio de las exigencias regulatorias y la transformación tecnológica. En ese escenario, se plantea facilitar el regreso de modelos populares y económicos, con cierto grado de electrificación y una configuración de equipamiento que permita contener los costos. La revisión de las exigencias vinculadas a los sistemas avanzados de asistencia a la conducción, conocidos como ADAS, aparece como uno de los puntos de discusión para reducir el precio final de los vehículos.

Al mismo tiempo, la industria europea de baterías comienza a desarrollar capacidades que podrían complementar esta estrategia. La combinación de motores tradicionales, sistemas híbridos y nuevas tecnologías eléctricas permitiría a los fabricantes adaptar su oferta a distintos segmentos del mercado.

El acercamiento entre Francia y Alemania también refleja diferencias dentro de la Unión Europea sobre cómo afrontar la competencia internacional. Alemania, tradicionalmente contraria al proteccionismo industrial, habría aceptado una mayor convergencia con la posición francesa a cambio de avances en otros asuntos energéticos y regulatorios, entre ellos la continuidad del uso de la energía nuclear y medidas para impulsar vehículos de menor costo.

El objetivo sería establecer condiciones que permitan a los fabricantes europeos competir sin quedar sujetos a una transición que, según los sectores críticos, avanza más rápido que la capacidad industrial y económica para sostenerla. La discusión, por tanto, no se limita a decidir qué tipo de automóvil podrá venderse en el futuro. También involucra el empleo, la competitividad, el costo de los vehículos y la capacidad de Europa para mantener una industria estratégica frente al crecimiento de los fabricantes asiáticos.

En este contexto, España aparece como el único país de la Unión Europea que, según la información proporcionada, continúa defendiendo la imposición del automóvil eléctrico como eje de la transición. El acuerdo franco-alemán busca abrir una nueva etapa en la política automotriz europea: una en la que la electrificación no sea necesariamente el único camino y en la que los motores de combustión, especialmente mediante soluciones híbridas y combustibles renovables, puedan seguir desempeñando un papel en el futuro del sector.

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