En el siglo XVII, un sabio matemático francés, de los pocos intelectuales franceses que no había sucumbido ante las ideas cartesianas, las cuales llevadas a su extremo conducían a un mundo sin dios, me refiero al extraordinario polímata Blaise Pascal, demostró al incipiente ateísmo y al materialismo, reinantes en su época, que era mejor para el bienestar de cada ser humano el desarrollar y expresar la creencia en Dios, mucho más que el no hacerlo, y lo hizo con las herramientas de la matemática más elemental. La cuestión del método utilizado no era trivial, pues la intelectualidad de salón de la Francia monárquica se gloriaba de su sofisticación y refinamiento, por lo tanto, Pascal apuntó y fue certero en la elección de sus herramientas de comprobación.
Pascal expresó que, partiendo de un universo de dos alternativas, una donde exista Dios y otra donde no exista, él creer en Dios y seguirle era mayor ganancia debido a la recompensa eterna e infinita y a lo poco del renunciamiento en esta breve vida que implicaba esa elección. Al respecto argumentó con tono desafiante:
“Sí; pero hay que apostar; esto no es voluntario; estáis empeñados ¿Por cuál decidiréis, pues? Analicemos. Puesto que hay que elegir, analicemos que es lo que nos interesa menos. Tenéis dos cosas que perder: la verdad y el bien, y dos cosas que arriesgar: vuestra razón y vuestra voluntad, vuestro conocimiento y vuestra felicidad; y vuestra naturaleza tiene dos cosas de que huir: el error y la desgracia. Vuestra razón no queda más maltrecha al escoger lo uno que lo otro, puesto que, sin excusa hay que escoger. He aquí el punto solucionado. Pero, ¿y vuestra felicidad? Pesemos la ganancia y la pérdida, tomando como cruz que Dios existe. Estimemos estos dos casos: si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Escoged, pues, por [la opción de que Dios exista] sin titubeos”.
Pascal se muestra desafiante y frente a los potenciales detractores de su experimento mental, los cuales podrían declarar que las probabilidades de que Dios no exista son mayores de las que Dios exista el interpone la naturaleza infinita de la recompensa divina, presentando así que, matemáticamente, aun cuando fuere el caso de que la inexistencia de Dios sobrepase un millón a una a la existencia de la divinidad, lo racional es apostar a creer en Dios, y esto debido a que lo que está en juego es la recompensa eterna, ni más ni menos:
“Aquí hay una infinidad de vida feliz que ganar, un azar de ganancia contra un número finito de azares de pérdida, y lo que decidáis es finito. Esto decide toda la partida: siempre que intervenga el infinito, y en que no haya infinidad de posibilidades de perdidas contra la de ganancia, no existe vacilación posible. Hay que darlo todo. Todo jugador arriesga […] ciertamente lo finito para ganar inciertamente lo infinito, sin pecar contra la razón”.

Pascal pasaría a la historia como el primer hombre en crear una calculadora y por sus aportes en el campo de la probabilidad y el cálculo infinitesimal. Fue también físico y filósofo. Sin embargo, en la batalla cultural contra el materialismo rampante y el ateísmo predominantes que caracterizan a nuestra sociedad posmoderna, su dilema sobre la existencia de Dios es una herramienta mental que sirve para exponer ciertas debilidades del argumento ateo y darnos elementos para defender nuestra fe en un mundo roto. Sin embargo, Pascal sabía que la sola ciencia no era suficiente, pues como expresó él mismo, “no me siento con bastantes armas para encontrar en la naturaleza con qué convencer a los ateos empedernidos”.
Entonces, poco antes de morir, en el año 1662, Blaise Pascal, usando otro método para probar la existencia del Creador, manifestó en sus Pensamientos que, en el corazón de cada ser humano había un hueco del tamaño de Dios, y que ese hueco sería evidencia suficiente que probaría que alguna vez Dios estuvo ahí y llenó nuestro corazón con su amor y su presencia:
¿Qué es, pues, lo que pregona esta avidez y esta impotencia, sino el que ha habido antaño en el ser humano una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora sino la señal y la huella vacía y que trata de rellenar con todo lo que le rodea, buscando en las cosas ausentes el auxilio que no consigue en las presentes, pero que son, sin embargo, también incapaces, porque el abismo infinito (de su corazón), no puede llenarse más que por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo? Sólo Él es su verdadero bien; y desde que lo ha abandonado es cosa extraña que no haya nada en la naturaleza que haya sido capaz de ocupar su lugar…”
El eminente psicólogo social Jonathan Haidt, quien se considera a sí mismo progresista, repara en ese agujero en el corazón de los seres humanos, y teniendo en cuenta la aguda observación Pascal, reflexiona:
“Muchos de mis amigos religiosos discrepan sobre el origen de nuestro hueco del tamaño de Dios; creen que el hueco está ahí porque somos creaciones de Dios y anhelamos a nuestro creador. Pero, aunque discrepamos sobre sus orígenes, estamos de acuerdo en las conclusiones: existe un hueco, un vacío en todos nosotros, que nos esforzamos por llenar. Si no se llena con algo noble y elevado, la sociedad moderna lo llenará rápidamente con basura”.





