Hay cifras que estremecen. Hay tragedias que la humanidad recuerda durante décadas. Hay nombres que quedaron asociados para siempre con la muerte, la persecución y la destrucción de pueblos enteros. Sin embargo, existe una tragedia de dimensiones extraordinarias que, para muchos sectores de la sociedad, se ha convertido en un tema incómodo, silenciado o deliberadamente excluido del debate público: el aborto.
Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud y el Instituto Guttmacher, durante el período 2015–2019 se produjeron aproximadamente 73 millones de abortos inducidos por año en todo el mundo. La cifra equivale a unos 6,1 millones por mes, 1,4 millones por semana, 200.000 por día y más de 8.000 por hora. Se trata de una estimación estadística, no de un registro exacto, debido a que en numerosos países los procedimientos no se informan o se realizan en la clandestinidad.
La magnitud resulta difícil de asimilar. En apenas un año, la cantidad de abortos estimados supera ampliamente las cifras de muertes atribuidas a algunos de los dictadores más sanguinarios de la historia durante todo su período de poder.
La Alemania nazi, bajo Adolf Hitler, desencadenó la Segunda Guerra Mundial en Europa con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939. La guerra terminó provocando entre 70 y 85 millones de muertes en todo el mundo, entre civiles, militares, víctimas del Holocausto y personas fallecidas por hambre, enfermedades y las consecuencias del conflicto. La guerra duró aproximadamente seis años.

En el caso de Iósif Stalin, las estimaciones sobre las muertes asociadas a su régimen varían ampliamente. Algunos estudios calculan varios millones y otros elevan la cifra a decenas de millones, al incluir ejecuciones, hambrunas, deportaciones, campos de trabajo y represión política. Mao Zedong, por su parte, quedó vinculado a una de las mayores catástrofes demográficas del siglo XX: el Gran Salto Adelante, entre 1958 y 1962, y otras campañas represivas. Las estimaciones más difundidas sobre las muertes relacionadas con sus políticas oscilan entre 30 y 45 millones, aunque algunos cálculos son todavía mayores.
Pol Pot gobernó Camboya entre 1975 y 1979. Durante ese período, el régimen de los Jemeres Rojos provocó la muerte de aproximadamente 1,5 a 2,2 millones de personas, por ejecuciones, hambre, enfermedades y trabajos forzados. Gengis Kan, durante sus campañas de conquista iniciadas en 1206, aparece en estimaciones históricas que hablan de decenas de millones de muertos, aunque las cifras exactas son especialmente difíciles de establecer por la falta de registros confiables de la época.
Frente a estos datos, surge una pregunta que no debería ser evitada: ¿por qué la muerte de millones de seres humanos antes de nacer genera tanta indiferencia en buena parte del mundo?
La comparación no pretende negar el horror de las guerras, las dictaduras ni los genocidios históricos. Tampoco busca equiparar automáticamente fenómenos que tienen causas, contextos y categorías jurídicas diferentes. Pero sí permite dimensionar una realidad: la cantidad de abortos estimados en un solo año es de una escala demográfica superior a la de las muertes atribuidas a los regímenes autoritarios más sanguinarios a lo largo de décadas.
La diferencia es que, cuando se habla de Hitler, Stalin, Mao o Pol Pot, la sociedad reconoce el carácter trágico de esas muertes. Se levantan monumentos, se escriben libros, se organizan actos de memoria y se repite una consigna: “Nunca más”.
En cambio, cuando se habla del aborto, el debate suele reducirse a “estadísticas”, “derechos”, “decisiones individuales” o “consignas políticas”. La vida que se pierde queda escondida detrás de una palabra técnica. Se habla de “procedimiento”, “interrupción” o “derecho”, pero pocas veces se permite discutir abiertamente qué significa terminar con una vida humana en gestación.
Para quienes defendemos la vida desde la concepción, el aborto no es simplemente una cuestión médica ni un asunto administrativo. Es la eliminación deliberada de un ser humano vulnerable, incapaz de defenderse y completamente dependiente de otros. Esa indefensión debería despertar protección, no indiferencia.
La pregunta central no es solamente cuántos abortos se realizan. La pregunta es qué valor le damos a esas vidas y por qué tantas de ellas son excluidas de nuestra conciencia moral.
Una sociedad que recuerda con razón a las víctimas de las dictaduras, pero que se niega a mirar la dimensión humana del aborto, corre el riesgo de construir una memoria selectiva. Condena la muerte cuando ocurre en determinados contextos, pero la relativiza cuando sucede antes del nacimiento.
El desafío de nuestro tiempo consiste en recuperar una cultura de la vida. Las cifras son demasiado grandes para ignorarlas. Decenas de millones de abortos cada año no pueden convertirse en una estadística sin rostro. Detrás de cada caso existe una vida humana en desarrollo y, muchas veces, una mujer que necesita apoyo, contención y alternativas.
La historia juzgó a los dictadores por las vidas que destruyeron. El futuro también juzgará a nuestra generación por la manera en que trató a los más indefensos.
El genocidio del que nadie habla no debería seguir siendo una tragedia invisible.





