spot_imgspot_img

Top 5 Semanal

spot_img

Relacionadas

El ecologismo y su retorno al salvajismo

La prehistoria se caracterizó como una época donde los seres humanos articulaban sus relaciones alrededor de las fuerzas de la naturaleza, rindiéndole homenaje a la madre tierra mediante el miedo. La historia comienza a avanzar cuando, además de empezar de dejar registros, conseguimos como especie exorcizar, al menos parcialmente, esas aterradoras fuerzas cósmicas asignándole nombres y rostros, es decir, cuando del animismo y del paganismo, pasamos al politeísmo, erigiendo panteones de dioses con formas humanas, antropomorfos. Una característica de la edad antigua es que a partir de entonces el rayo ya no era solamente un rayo: era Zeus. El politeísmo sucumbió ante las fuerzas del monoteísmo y es por eso que la edad media, en Occidente, se desarrolló bajo el signo distintivo del cristianismo, poniendo al Dios cristiano en el centro de la cultura. Con los vientos del renacimiento grecorromano, el humanismo naciente en la modernidad recluyó a Dios al altar privado, instalando al hombre como el centro indiscutido de la cultura y la vida pública. La posmodernidad ahora ha desalojado al hombre y ha impuesto, nuevamente, a la madre naturaleza en el centro de las relaciones sociales y de toda discusión de nuestro tiempo, atravesando todo análisis político, social o cultural con su verde impronta.

Lo anterior demuestra que el único animal capaz de caer dos veces en el mismo agujero es el ser humano. La historia parece haber dado un giro de 360° y, nos encontramos, como especie, nuevamente en el mismo lugar, adorando a la Pachamama, jugando a los orishás y bailando la danza de la lluvia. No es extraño que esta generación idolatre a la lluvia o al sol y contraiga matrimonio con los árboles, considerando que la anterior creía en el horóscopo. La cosa ya venía evidentemente torcida, pero sería solo una nota cómica al pie de página de la historia humana, sino fuera porque todo lo anterior se volvió política gubernativa y porque estas ideas y prácticas delirantes, propias del salvajismo, el nomadismo y la prehistoria empezaron a ordenar el espacio público.

Hoy en día desde las más altas magistraturas nacionales y los foros supranacionales se proclama, con tonos solemnes, que los seres humanos han contraído una deuda con la Naturaleza, la cual se amortiza imponiendo cuotas de decrecentismo poblacional a las naciones. “Somos demasiados”, dicen los decrecentistas. Esta práctica _el decrecentismo_ en la antigüedad era denominada por antropólogos y etnólogos sacrificios humanos y eran evidencia de retroceso civilizatorio; hoy se pretende que creamos que es demostración de sensibilidad ambiental. Los mayas, incas y aztecas sacrificaban miles de personas al año con el objeto de aplacar la supuesta ira vengativa del dios sol y así tener buenas cosechas ¡Vaya sensibilidad ambiental! Al declarar a la Naturaleza como nuestra acreedora, los fanáticos del ecologismo de la ONU y otras agencias, proporcionan a la misma una personalidad jurídica y, esta ficción, encarnada en sus febriles devotos, puede reclamar sacrificios humanos en nombre de las más extrañas consignas, y para muestra un botón: la justicia climática.

¿Se ha presentado alguna vez la Naturaleza en un tribunal a exigir reparación por daños que el género humano le haya realizado? No ¿Dónde está la víctima? ¿Dónde el delito? Sin embargo, ninguna pregunta razonable detiene a los salvajes apóstoles del ecologismo radical, ninguna duda asalta las mentes alienadas de los sedientos del sacrificio ajeno. Estos delirantes, hijos de la diosa Gaia, el espíritu de la madre tierra, deambulan cortes, invaden foros y atropellan senados, de todos los países, conspirando leyes que ordenen la vida del prójimo con el fin de alcanzar su tan anhelada justicia climática para la Naturaleza, todo, a costa de reducir la población mundial mediante cuatro propuestas bien delineadas:

  1. Reducción población por medía de la coacción estatal con planes de planificación reproductiva y aborto,
  2. La reducción sistemática de la producción de los alimentos a través de estrangulación estatal a los agricultores,
  3. Ideología de género en la educación estatal para destruir todo sentido de autonomía de la nueva generación, y
  4. Eutanasia para deshacerse de los ancianos, la generación sabia.

Para muchos de estos fanáticos del ecologismo radical los seres humanos somos el enemigo o, peor aún, somos una plaga ¿Usted sabe qué se le hace a un enemigo? Se lo extermina ¿Sabe qué se le hace a una plaga? Se la extermina. Sin embargo, debido a que los humanitarios ecologistas no pueden admitir en voz alta su creencia de que el mundo sería un lugar mejor si no hubiera seres humanos, su programa político contra un enemigo o una plaga que no pueden destruir abiertamente es, simplemente, la reducción: reducir al enemigo. El decrecentismo, o, en otras palabras, los sacrificios humanos en el altar de su ideología.

Solo así, piensan los fanáticos verdes, se volverá a la edad dorada del salvajismo, aquella donde alguna vez fuimos bucólicamente felices en la miseria material, cuando deambulábamos, miserables nómadas, vagando por el mundo adverso y hostil, temerosos de los truenos y la lluvia, extendiendo nuestras temblorosas manos para que, quizás, si así le convenía, la madre naturaleza, en su misericordia, nos alimente con alguna podrida raíz…

Autor

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Más leídas