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La dignidad humana incomoda a quienes pretenden decidir qué vidas merecen nacer

María Judith Turriaga defendió el contenido de los libros de Educación en la Afectividad y la Sexualidad en la Escuela (EASE) y denunció que el ejercicio sobre Hitler fue difundido fuera de contexto. El verdadero trasfondo de la polémica expone una contradicción ideológica: proclamar la igualdad mientras se acepta que una condición genética pueda convertirse en motivo para impedir que una vida llegue a nacer.

La autora ecuatoriana María Judith Turriaga rompió el silencio tras la ola de críticas contra los contenidos de la colección de Educación en la Afectividad y la Sexualidad en la Escuela (EASE). En una aclaración dirigida a las familias, defendió la validez pedagógica de su obra y explicó que el ejercicio que menciona a Adolf Hitler tiene un propósito claro: enseñar que la dignidad humana es intrínseca y que ninguna condición genética, estado de salud u origen determina el valor de una persona.

Turriaga denunció que el contenido fue difundido de manera parcial y fuera de contexto, en medio de la controversia pública generada alrededor de los materiales. “Veo que, previo a una marcha de padres con la que no tengo nada que ver, han sacado en la prensa, fuera de contexto y mal interpretado, un ejercicio del libro n.° 9. El ejercicio se enmarca en el estudio que la ciencia jurídica hace de la diferencia entre las leyes justas e injustas”, sostuvo.

La explicación de la autora es contundente. El ejercicio busca que los adolescentes comprendan que el valor de una persona no depende de sus características físicas o genéticas, sino que cada ser humano posee una dignidad que no puede ser medida por criterios externos. “Gracias a este ejercicio, todos los niños de 14 y 15 años deducen que el valor de la persona es intrínseco y que, independientemente del origen, estado de salud o condición genética, la persona puede libremente hacer el bien o el mal”, afirmó.

El ejemplo presentado por Turriaga confronta dos destinos radicalmente distintos: Adolf Hitler nació sin síndrome de Down la misma noche en que nació una niña con esa condición genética. Hitler hizo un daño inmenso a la humanidad, mientras que la niña hizo el bien. La comparación no reivindica al dictador ni relativiza sus crímenes; demuestra precisamente que una condición genética no determina la conducta moral ni establece quién posee mayor valor como ser humano. La intención educativa es tan clara como incómoda para quienes pretenden convertir el material en una supuesta apología del nazismo.

Y es aquí donde la controversia adquiere una dimensión política que va mucho más allá de un ejercicio escolar. Para figuras como Esperanza Martínez, Johanna Ortega y Raúl Benítez, que suelen mostrarse favorables al aborto, la defensa de la dignidad humana desde la concepción plantea una contradicción de fondo: ¿cómo se puede invocar la igualdad, la libertad y los derechos humanos mientras se acepta que el diagnóstico de una condición genética pueda convertirse en motivo para interrumpir una vida en gestación?

La realidad del diagnóstico prenatal del síndrome de Down expone una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Estudios científicos han documentado tasas de interrupción del embarazo que alcanzan el 92 % en determinadas poblaciones tras un diagnóstico prenatal de esta condición. La cifra obliga a plantear una pregunta que no puede ser esquivada: ¿qué clase de inclusión se proclama cuando una característica genética puede convertirse en una razón para decidir que una persona no debe nacer?

La dignidad humana no depende de los cromosomas, de las capacidades intelectuales ni de las expectativas de quienes rodean a una persona. Un niño con síndrome de Down no vale menos, no merece menos protección y no posee una dignidad inferior a la de cualquier otro ser humano. Si la igualdad es verdaderamente universal, debe sostenerse también cuando la vida que se defiende presenta una discapacidad o exige mayores cuidados. De lo contrario, la inclusión corre el riesgo de convertirse en una consigna reservada únicamente para quienes cumplen determinadas expectativas.

Cuando el derecho a vivir queda condicionado a la ausencia de una discapacidad, la igualdad deja de ser un principio universal y se transforma en una selección de qué vidas merecen ser recibidas y cuáles pueden ser descartadas. Esa es la contradicción ética que el debate sobre el síndrome de Down pone sobre la mesa y que los cuestionamientos contra el material EASE no consiguen borrar.

La defensa de la dignidad intrínseca no debería ser motivo de escándalo. Al contrario, tendría que constituir uno de los principios fundamentales de cualquier sistema educativo que aspire a formar personas capaces de reconocer el valor de los demás. La lección de Turriaga plantea que el bien y el mal no están escritos en los genes y que ninguna condición biológica convierte a un ser humano en menos digno.

La polémica, por tanto, deja una pregunta decisiva: si toda persona tiene un valor intrínseco, ¿por qué ese principio habría de dejar de aplicarse antes del nacimiento? La dignidad humana no puede depender de la edad, la condición genética ni la conveniencia de terceros. Defenderla de manera coherente significa reconocer que ninguna discapacidad disminuye el valor de una vida y que la inclusión pierde su sentido cuando se acepta que algunos seres humanos pueden ser descartados precisamente por aquello que los hace diferentes.

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