Todos recordamos que tras la llamada “Primavera Árabe”, hace más de una década, devino no sólo el colapso de los antiguos regímenes autoritarios que gobernaban algunos Estados árabes, como Muamer Gadafi en Libia, Hosni Mubarak en Egipto, Zine El Abidine Ben Ali en Tunez y la tiranía socialista hereditaria de los Bashar al-Assad en Siria, más un intento frustrado en Irán que fue la continuación de la “revolución verde”, pero tanto en Siria como en Irán los movimientos fueron aplastados.
Donde si tuvo “éxito” la Primavera Árabe fue concretamente en Egipto, Libia y Tunez, pero esos éxitos terminaron siendo una verdadera tragedia, pues, la anhelada democracia liberal que esperaba emergiera en los países árabes jamás llegó, contrariamente devino un colapso social que en pocas semanas desembocó en una guerra civil que a la postre fue el motor de la gran ola migratoria árabe hacia Europa de la segunda década de la presente centuria.
La persona clave en este proceso fue la Canciller alemana la socialcristiana Angela Merkel, quien era la toda poderosa de la Unión Europea, ella fungió como la gran mamá con su eslogan “lo lograremos”, se tradujo en abrir brazos sin ningún tipo de restricciones a la ola de migrantes y refugiados árabes musulmanes que llegaron por vía marítima y terrestre, para un total de 2.500.000 personales, de las cuales aproximadamente 1.300.000 personas se quedaron en Alemania, entre los años 2015 y 2016.
Merkel, insistió que debían ser admitidos, no sólo ello, planteó la política de cupos (distribuir los migrantes proporcionalmente entre los países de la UE), a lo que Grecia, Italia e Inglaterra se opusieron, me al final cedieron tras negociaciones con Merkel. Por supuesto, además de los árabes, se sumaron otros grupos, los africanos que en su mayoría provienen de países también musulmanes.
Bueno, el experimento de ingeniería social a gran escala al que apuntó Merkel, se conceptualizó “multiculturalismo”, según las menes luminarias de los europeos woke, los migrantes de diferentes culturas, religiones y regiones del mundo (árabes, africanos y en menor medida iberoamericanos) vivirían en completa paz, razón por la cual, hasta las legislaciones locales sistemáticamente fueron modificadas para adecuarse a los dogmas religiosos musulmanes, además de imponer severes restricciones a la libertad de expresión y las propias tradiciones europeas para evitar que los refugiados se sintieran agredidos u odiados.
Hoy, una década más tarde, la idiotez del multiculturalismo ha quedado nítidamente al descubierto no sólo su fracaso sino su absoluta inviabilidad, amén que lejos de ser un proceso migratorio ordenado y del debido sometimiento a la ley del país receptor, se entiende que el fenómeno que se inició post-primavera árabe allá por el 2011, no fue más que una invasión con el propósito de la aniquilación de Europa y su histórica cultura occidental.
No sólo hemos vistos inseguridad o incremento de la delincuencia en Alemania, Francia e Inglaterra, sino una violencia callejera desatada, de un monumental incremento de violaciones grupales a adolescentes europeas blancas, homicidios y hasta atentados terroristas.
Los más recientes hechos de violencia descontrolada, le ha tocado el turno nuevamente a Francia, esta vez bajo el artilugio de protestas estudiantiles por falta de profesores, aulas saturadas e infraestructura deteriorada, un escenario típico de centro o sur América. El punto es que los sindicatos como los estudiantes iniciaron estas protestas a finales de septiembre y pronto se tornaron violentas no sólo en París sino en Lyon, Marsella, Lille, Toulouse y Estrasburgo.
Actualmente, para esta semana alrededor de 600 centros educativos permanecen cerrados, por lo que el gobierno de Emmanuel Macron una vez más está en verdadero jaque ante la gran manifestación nacional que tendrá lugar esta semana, Macron responsabiliza al líder de la Francia Insumisa, el izquierdista radical y eterno derrotado en las elecciones Jean-Luc Mélechon, al tiempo que la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, Jordan Bardella condenan la violencia e impulsa su postura de “Ley y Orden”, exigiendo castigo el vandalismo, aspectos en lo que Macron ha sido laxo.
Finalmente, que se espera una Francia completamente al rojo vivo del multiculturalista legado de la Era de Merkel, un claro signo que sus políticas progresistas, lejos de conducir al progreso, sólo han significado para Europa su total decadencia.





